EL SABADO: el Nuevo Testamento

El Sábado en el Nuevo Testamento

“Y hay en Jerusalén un estanque, que en hebraico es llamado Betesda, En éstos yacía multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos, que estaban esperando el movimiento del agua.” En ciertos momentos, se agitaban las aguas de este estanque; y se creía que ello se debía a un poder sobrenatural, y que el primero que en ellas entrara después que fuesen agitadas sanaba de cualquier enfermedad que tuviese. Jesús estaba otra vez en Jerusalén. Andando solo, en aparente meditación y oración, llegó al estanque. Vio a los pobres dolientes esperando lo que suponían ser su única oportunidad de sanar. Anhelaba ejercer su poder curativo y devolver la salud a todos los que sufrían. Pero era Sábado. Multitudes iban al templo para adorar, y él sabía que un acto de curación como éste excitaría de tal manera el prejuicio de los judíos que abreviaría su obra.
Pero el Salvador vio un caso de miseria suprema. Era el de un hombre que había estado imposibilitado durante treinta y ocho años. Su enfermedad era en gran parte resultado de su propio pecado y considerada como juicio de Dios. Solo y sin amigos, sintiéndose privado de la misericordia de Dios, el enfermo había sufrido largos años. Había visto agitarse el agua, pero nunca había podido llegar más cerca que la orilla del estanque. Otros más fuertes que él se sumergían antes. No podía contender con éxito con la muchedumbre egoísta y arrolladora. Sus esfuerzos perseverantes hacia su único objeto, y su ansiedad y continua desilusión, estaban agotando rápidamente el resto de su fuerza.
El enfermo estaba acostado en su estera, y levantaba ocasionalmente la cabeza para mirar al estanque, cuando un rostro tierno y compasivo se inclinó sobre él, y atrajeron su atención las palabras: “¿Quieres ser sano?” La esperanza renació en su corazón. Sintió que de algún modo iba a recibir ayuda. Pero el calor del estímulo no tardó en desvanecerse. Se acordó de cuántas veces había tratado de alcanzar el estanque y ahora tenía pocas perspectivas de vivir hasta que fuese nuevamente agitado. Volvió la cabeza , cansado, diciendo: “Señor,. . . no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el agua fuere revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes de mí ha descendido.”
Jesús le dice: “Levántate, toma tu lecho, y anda.”  La fe del hombre se aferra a esa palabra. En cada nervio y músculo pulsa una nueva vida, y se transmite a sus miembros inválidos una actividad sana. Sin la menor duda, dedica su voluntad a obedecer a la orden de Cristo, y todos sus músculos le responden. De un salto se pone de pie, y encuentra que es un hombre activo.
El paralítico sanado se agachó para recoger su cama, que era tan sólo una estera y una manta, y al enderezarse de nuevo con una sensación de deleite, miró en derredor buscando a su libertador; pero Jesús se había perdido entre la muchedumbre. El hombre temía no conocerle en caso de volver a verlo. Mientras se iba apresuradamente con paso firme y libre, alabando a Dios y regocijándose en la fuerza que acababa de recobrar, se encontró con varios fariseos e inmediatamente les contó cómo había sido curado. Le sorprendió la frialdad con que escuchaban su historia.
Con frentes ceñudas, le interrumpieron, preguntándole por qué llevaba su cama en sábado. Le recordaron severamente que no era lícito llevar cargas en el día del Señor. En su gozo, el hombre se había olvidado de que era Sábado, y sin embargo no se sentía condenado por obedecer la orden de Aquel que tenía tanto poder de Dios. Contestó osadamente: “El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda.” Le preguntaron quién había hecho esto; pero él no se lo podía decir. Esos gobernantes sabían muy bien que sólo uno se había demostrado capaz de realizar este milagro; pero deseaban una prueba directa de que era Jesús, a fin de poder condenarle como violador del Sábado. En su opinión, no sólo había quebrantado la ley sanando al enfermo en Sábado, sino que había cometido un sacrilegio al ordenarle que llevase su cama.

Los judíos habían pervertido de tal manera la ley, que hacían de ella un yugo esclavizador. Sus requerimientos sin sentido habían llegado a ser burla entre otras naciones. Y el Sábado estaba especialmente recargado de toda clase de restricciones sin sentido. No era para ellos una delicia, santo a Jehová y honorable. Los escribas y fariseos habían hecho de su observancia una carga intolerable. Un judío no podía encender fuego, ni siquiera una vela, en Sábado. Como consecuencia, el pueblo hacía cumplir por gentiles muchos servicios que sus reglas les prohibían hacer por su cuenta. No reflexionaban que si estos actos eran pecaminosos, los que empleaban a otros para realizarlos eran tan culpables como si los hiciesen ellos mismos.

Pensaban que la salvación se limitaba a los judíos; y que la condición de todos los demás, siendo ya desesperada, no podía empeorar. Pero Dios no ha dado mandamientos que no puedan ser acatados por todos. Sus leyes no sancionan ninguna restricción irracional o egoísta.

En el templo, Jesús se encontró con el hombre que había sido sanado. Había venido para traer una ofrenda por su pecado y de agradecimiento por la gran merced recibida. Hallándole entre los adoradores, Jesús se le dio a conocer, con estas palabras de amonestación: “He aquí, has sido sanado; no peques más, porque no te venga alguna cosa peor.”
El hombre sanado quedó abrumado de regocijo al encontrar a su libertador. Como desconocía la enemistad que ellos sentían hacia Jesús, dijo a los fariseos que le habían interrogado, que ése era el que había realizado la curación. “Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en Sábado.”
Jesús fue llevado ante el Sanedrín para responder a la acusación de haber violado el Sábado.

Jesús había venido para “magnificar la ley y engrandecerla.” El no había de rebajar su dignidad, sino ensalzarla. La Escritura dice: “No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio.”  Había venido para librar al Sábado de estos requerimientos gravosos que hacían de él una maldición en vez de una bendición.
Por esta razón, había escogido el Sábado para realizar el acto de curación de Betesda. Podría haber sanado al enfermo en cualquier otro día de la semana; podría haberle sanado simplemente, sin pedirle que llevase su cama, pero esto no le habría dado la oportunidad que deseaba. Un propósito sabio motivaba cada acto de la vida de Cristo en la tierra. Todo lo que hacía era importante en sí mismo y por su enseñanza. Entre los afligidos del estanque, eligió el caso peor para el ejercicio de su poder sanador, y ordenó al hombre que llevase su cama a través de la ciudad a fin de publicar la gran obra que había sido realizada en él. Esto iba a levantar la cuestión de lo que era lícito hacer en Sábado, y prepararía el terreno para denunciar las restricciones de los judíos acerca del día del Señor y declarar nulas sus tradiciones.
Jesús les declaró que la obra de aliviar a los afligidos estaba en armonía con la ley del Sábado.  ¿Debía Dios prohibir al sol que realizase su oficio en Sábado, suspender sus agradables rayos para que no calentasen la tierra ni nutriesen la vegetación? ¿Debía el sistema de los mundos detenerse durante el día santo? ¿Debía ordenar a los arroyos que dejasen de regar los campos y los bosques, y pedir a las olas del mar que detuviesen su incesante flujo y reflujo? ¿Debían el trigo y la cebada dejar de crecer, y el racimo suspender su maduración purpúrea? ¿Debían los árboles y las flores dejar de crecer o abrirse en Sábado?
En tal caso, el hombre echaría de menos los frutos de la tierra y las bendiciones que hacen deseable la vida. La naturaleza debía continuar su curso invariable. Dios no podía detener su mano por un momento, o el hombre desmayaría y moriría. Y el hombre también tiene una obra que cumplir en Sábado: atender las necesidades de la vida, cuidar a los enfermos, proveer a los menesterosos. No será tenido por inocente quien descuide el alivio del sufrimiento ese día. El santo día de reposo de Dios fue hecho para el hombre, y las obras de misericordia están en perfecta armonía con su propósito. Dios no desea que sus criaturas sufran una hora de dolor que pueda ser aliviada en Sábado o cualquier otro día.
Lo que se demanda a Dios en Sábado es aún más que en los otros días. Sus hijos dejan entonces su ocupación corriente, y dedican su tiempo a la meditación y el culto. Le piden más favores el Sábado que los demás días. Requieren su atención especial. Anhelan sus bendiciones más selectas. Dios no espera que haya transcurrido el Sábado para otorgar lo que le han pedido. La obra del cielo no cesa nunca, y los hombres no debieran nunca descansar de hacer bien. El Sábado no está destinado a ser un período de inactividad inútil. La ley prohíbe el trabajo secular en el día de reposo del Señor; debe cesar el trabajo con el cual nos ganamos la vida; ninguna labor que tenga por fin el placer mundanal o el provecho es lícita en ese día; pero como Dios abandonó su trabajo de creación y descansó el Sábado y lo bendijo, el hombre ha de dejar las ocupaciones de su vida diaria, y consagrar esas horas sagradas al descanso sano, al culto y a las obras santas. La obra que hacía Cristo al sanar a los enfermos estaba en perfecta armonía con la ley. Honraba el Sábado.

El nuevo testamento  tiene  evidencias muy sobresalientes  que Jesús en su ministerio en la tierra, ratifico el Sábado como un día separado para su adoración: En el evangelio de Lucas se registra contundentemente la actitud  de Jesús en  Sábado:

 “Fue a Nazaret, donde se había criado, y conforme a su costumbre, el día Sábado entró en la sinagoga, y se levantó para leer”.(Lucas  4:16)

La sencilla declaración de Lucas de que Jesús habitualmente asistía a los sagrados servicios en la sinagoga en el día Sábado, día que identifica específicamente como el séptimo de la semana, señala claramente cuál es el deber del cristiano que ama a su Maestro y quiere seguir en sus pisadas (Juan 14: 15).

  El hecho de que Cristo guardara cuando estuvo en la tierra el mismo día que observaban los Judíos, muestra también que no se había perdido el orden de los días desde que se dio la ley en el Sinaí, ni desde la creación. 

Cristo es “Señor aun del día de reposo” (Mar. 2: 28); es decir, él lo hizo (Gén. 2: 1-3; cf.  Mar. 2: 27) lo reclama como suyo por lo tanto, su ejemplo al guardarlo es el modelo perfecto para el cristiano, no sólo en cuanto al tiempo sino también en cuanto a la manera de guardarlo. Desde ese tiempo hasta ahora ha habido millones de judíos esparcidos en todo el mundo civilizado, y habría sido imposible que todos ellos simultáneamente cometieran un error idéntico en el cómputo del séptimo día de la semana.

En ocasión  del sermón en el monte de las Olivas. En su contestación a la pregunta de sus discípulos ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?”  Jesús revela algunos de los  acontecimientos  que precederían  su  segunda venida,  inmediatamente después  Jesús dice:

“Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en Sábado,” (Mateo 24:20)

El que hizo el sábado no lo abolió clavándolo en su cruz. El Sábado no fue anulado por su muerte. Cuarenta años después de la resurrección de Jesús, el Sábado sería tan sagrado como lo había sido cuando Jesús habló estas palabras en la ladera del monte de los Olivos.  El Señor no insinuó ningún cambio en la santidad del día, como muchos cristianos suponen ahora que ocurrió en el día de la resurrección.  El tumulto, la excitación, el temor, y el  viaje de huida no serían apropiados para el día de Sábado.  Los cristianos habían de orar para que pudieran guardar el Sábado como día de descanso, así como Dios deseaba que se  lo guardara.  Cristo no abolió el Sábado cuando fue clavado en la cruz.  Ese día no ha perdido nada de la santidad que en un principio Dios le concedió. Cuarenta años después había de ser considerado todavía sagrado. Durante cuarenta años, los discípulos debían orar por que su huida no fuese en Sábado.

En todo  momento de su vida  Jesús magnifico su ley, incluyendo el Sábado  monumento de su creación; A un durante su muerte en la cruz  proveyó evidencia de que el día  de reposo es perpetuo.
Estando Jesús colgado en la cruz clamo “consumado es” y  murió; Por fin Jesús descansaba. El largo día de oprobio y tortura había terminado. Al llegar el Sábado con los últimos rayos del sol poniente, el Hijo de Dios yacía en quietud en la tumba de José. Terminada su obra, con las manos cruzadas en paz, descansó durante las horas sagradas del Sábado.
Al principio, el Padre y el Hijo habían descansado el Sábado después de su obra de creación. Cuando “fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento,” el Creador y todos los seres celestiales se regocijaron en la contemplación de la gloriosa escena. “Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios.” Ahora Jesús descansaba de la obra de la redención; y aunque había pesar entre aquellos que le amaban en la tierra, había gozo en el cielo. La promesa de lo futuro era gloriosa a los ojos de los seres celestiales. Una creación restaurada, una raza redimida, que por haber vencido el pecado, nunca más podría caer, era lo que Dios y los ángeles veían como resultado de la obra concluida por Cristo. Con esta escena está para siempre vinculado el día en que Cristo descansó. Porque su “obra es perfecta;” y “todo lo que Dios hace, eso será perpetuo.”* Cuando se produzca “la restauración de todas las cosas, de la cual habló Dios por boca de sus santos profetas, que ha habido desde la antigüedad,” el Sábado de la creación, el día en que Cristo descansó en la tumba de José, será todavía un día de reposo y regocijo. El cielo y la tierra se unirán en alabanza mientras que “de Sábado en Sábado,” las naciones de los salvos adorarán con gozo a Dios y al Cordero.(Isaías 66:23)

Aún las mujeres piadosas que acompañaron a Jesús durante su crucifixión dieron un ejemplo convincente  de la santidad del Sábado;  mientras las sombras vespertinas iban cayendo, María Magdalena y las otras Marías permanecían al lado del lugar donde descansaba su Señor derramando lágrimas de pesar por la suerte de Aquel a quien amaban  y Lucas declaro:

Las mujeres que habían venido con él de Galilea, también le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue puesto el cuerpo. Entonces regresaron y prepararon especias aromáticas y perfumes, y reposaron el Sábado, conforme al mandamiento.
Y el primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando las especias aromáticas que habían preparado. (Lucas 23:55,56; 24:1)

Adviértase que viendo estas mujeres piadosas la puesta del sol, en la tarde del día de preparación; dejaron todo a un el preparar con especies aromáticas  el cuerpo de Cristo y reposaron  conforme al mandamiento para retomar  su quehacer el primer día.

 Está claro la importancia del día de reposo Sábado durante el ministerio de Jesús, pues  la escritura señala  la manera como los discípulos de cristo lo santificaban; tal  como también  lo hizo Pablo más tarde en el extranjero según registra la Biblia  

Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia; pero Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén. Pasando de Perge, ellos llegaron a Antioquía de Pisidia. Y en el día Sábado, habiendo entrado en la sinagoga, se sentaron.
Después de la lectura de la Ley y de los Profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles…Cuando ellos salían, los judíos y los gentiles  les rogaron que el Sábado siguiente les hablasen de estos temas. Entonces una vez despedida la congregación, muchos de los judíos y de los prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes les hablaban y les persuadían a perseverar fieles en la gracia de Dios… El siguiente día de reposo se juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios.  (Hechos. 13: 13-15, 42-44).

Obsérvese que aun los nuevos creyentes “gentiles” rogaron a Pablo que el Sábado siguiente les hable de esas cosas

Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. 
Y de mes en mes, y de día de Sábado en día de Sábado, vendrán todos a adorar delante de mí, dijo Jehová.(
Isaías  66:22,23) 

Conclusiones

El libro de Isaías. Llama al Sábado del Señor como “día santo”. Bajo inspiración divina él escribió: “Si retraes del Sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamas ‘delicia’, ‘santo’, ‘glorioso de Jehová’, y lo veneras, no andando en tus propios caminos ni buscando tu voluntad ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová. Yo te haré subir sobre las alturas de la tierra y te daré a comer la heredad de tu padre Jacob. La boca de Jehová lo ha hablado” (Isaías 58:13, 14). ¡Y, de hecho, unos capítulos más adelante, el profeta Isaías nos dice que en la Tierra Nueva los redimidos adorarán al Señor el día Sábado!“Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí’, dice Jehová, ‘así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. Y de mes en mes, y de Sábado en Sábado, vendrán todos a adorar delante de mí’, dice Jehová” (Isaías 63:22, 23). Preguntémonos  ¿Será posible que Dios le haya ordenado a los seres humanos santificar el Sábado o séptimo día en el Huerto de Edén y también a su pueblo a través del Antiguo Testamento para luego cambiar el día de Sábado a domingo en el Nuevo, y después regresar a la observancia del Sábado original en la Tierra Nueva? Imposibles; a la ley y al testimonio si no digiere conforme a esto es por que no el ha  amanecido.(Isaias 8:20)

El Sábado es una institución que perdurará.  Habría sido respetado debidamente en el Estado judío restaurado, y en la tierra nueva será observado por todos.  Todos guardarán el Sábado en señal de eterno reconocimiento de que Cristo creó el paraíso del Edén, y recreó los cielos nuevos y la tierra nueva de justicia y santidad.

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