Mensaje 1888: al lector

Al lector
 

Hay que definir lo que en este libro se entiende por “mensaje de 1888”. Algunos lectores agradecerán sin duda una breve referencia a los acontecimientos que han venido a ser conocidos entre los adventistas como “1888”.

En la sesión de la Asociación General que tuvo lugar en ese año en Minneapolis (Minnesota), dos hombres jóvenes (A.T. Jones y E.J. Waggoner) aportaron providencialmente a los delegados un mensaje de justificación por la fe, un mensaje que vino a resultar en una gran controversia. Para muchos de los delegados, especialmente los pastores de mayor edad y los dirigentes, el mensaje (y/o los mensajeros) no fueron bienvenidos.

Unos pocos se gozaron en el mensaje y lo aceptaron verdaderamente. La principal entre ellos fue E.G. White. Pero nadie pareció considerar el mensaje suficientemente importante como para registrarlo, con el fin de que otros pudieran conocerlo de primera mano.

Por lo tanto, no disponemos del mensaje de 1888 propiamente dicho, en las palabras exactas de los dos mensajeros de Minneapolis.

Pero eso no significa que debamos desesperar de conocer en qué consistía, o que el título de este libro sea una impropiedad. Ciertos hechos posibilitan la reconstrucción consistente y razonable de su contenido:

1. Conocemos lo que enseñó Waggoner en los meses inmediatamente anteriores a la Asamblea de 1888.

2. Conocemos igualmente su enseñanza en los meses inmediatamente posteriores.

3. Sabemos que Waggoner y Jones mantuvieron un acuerdo virtualmente perfecto en su comprensión de la justificación por la fe, tanto en Minneapolis como en la década siguiente a 1888. Hubo dos mensajeros, pero E. White habló repetidamente de lo que enseñaron, como un mensaje.

4. Las declaraciones de respaldo a ese mensaje por parte de E. White no se reducen a las presentaciones perdidas de Minneapolis. Ella continuó apoyando sus subsiguientes presentaciones durante años después de la Asamblea de 1888: hasta 1896 e incluso después.

5. Podemos encontrar ayuda para reconstruir su mensaje observando la manera en que sus contemporáneos captaron las ideas esenciales, tanto en su aceptación como en su rechazo. Por ejemplo, W.W. Prescott y S.N. Haskel se encontraban entre los que respondieron favorablemente y comenzaron a hacerse eco de sus conceptos, en la medida en que comprendieron que eran bíblicos y contaban con el apoyo de E. White.

Naturalmente, no debemos deducir que existiera perfección o algún grado de infalibilidad en cuanto dijeron Jones y Waggoner. E. White no los identificó nunca como profetas, pero habló repetidamente de ellos en términos como: “los mensajeros del Señor”, “los mensajeros delegados del Señor”, “hombres señalados divinamente”, “siervos de Dios… con un mensaje enviado del cielo”, “hombres escogidos por Él”, “hombres jóvenes [que Dios envió] para llevar un mensaje especial”, “sus siervos escogidos”, “a los cuales Dios está empleando”, “el Señor [está] obrando a través de los hermanos Jones y Waggoner”, “Él les ha dado preciosa luz”, “si aceptáis el mensaje, aceptáis a Jesús”, “mensajeros que Yo [el Señor] envié a Mi pueblo con luz, gracia y poder”, “un mensaje de Dios; lleva las credenciales divinas”. Las declaraciones de apoyo como las anteriores continuaron hasta 1896, y ocasionalmente después.

Por lo tanto, en este libro se entiende por mensaje de 1888, las ideas prominentes y esenciales enseñadas por Jones y Waggoner desde inmediatamente antes de la asamblea de 1888, hasta la década siguiente. Nuestro método será: (1) permanecer tan próximos a la fecha de 1888 como sea posible; (2) presentar lo que Jones y Waggoner enseñaron con insistencia o con gran énfasis; (3) presentar aquello en lo que ambos estuvieron manifiestamente en perfecto acuerdo; (4) limitar la exposición a sus enseñanzas para las que encontramos claro soporte de E. White (y por supuesto, bíblico). (5) prestar atención también a la forma en la que, al menos, “algunos” de sus contemporáneos creyentes recibieron y comprendieron lo esencial de su mensaje.

Cuando citemos ocasionalmente a Jones y Waggoner en años posteriores (por necesidad) será con cuidadoso escrutinio y selectividad para estar seguros de que las ideas presentadas están en armonía con su enseñanza temprana, y con los cinco principios antes mencionados. Si alguien objeta que las citas posteriores a 1888 no son el mensaje de 1888, la respuesta es que debe ser muy significativo el apoyo continuo dado al mensaje en su progresión, en los años sucesivos, por parte de E. White. El cuadro completo y equilibrado de lo que enseñaron en la década siguiente a Minneapolis debe constituir una comprensión fiel de cuanto estaba implícito en el mensaje dado en 1888. Es de esperar que guiados por el sentido común lleguemos a una clara representación del mismo.

Es imposible que E. White pudiera haber continuado sus repetidas y entusiastas manifestaciones de aprobación por tanto tiempo, en caso de haber tenido indicios, vislumbres o sospechas de que uno o ambos de los “mensajeros” se hubiera desviado de la verdadera fe. Ella era una profetisa inspirada, con discernimiento penetrante y santificado; su credibilidad como tal está entrelazada con el mensaje de Jones y Waggoner. La prueba última para la verdad es la propia Biblia. Quien escribe está persuadido de que ellos tomaron sus conceptos del estudio de primera mano de las Escrituras en la perspectiva del “conflicto de los siglos” propia del adventismo, así como de la peculiar noción adventista de la purificación del santuario y del mensaje de los tres ángeles. Lo mismo que todos nosotros, estaban en deuda con todos cuantos les precedieron, incluyendo a Lutero, Calvino y Wesley; pero presentaron su mensaje a partir de la Biblia sola. Concibieron la verdad de la justificación por la fe desde una perspectiva nueva y fresca, que es la de la comprensión escatológica inherente al movimiento adventista. En años recientes se está haciendo más y más evidente la base bíblica de sus conceptos esenciales; en diversos trabajos teológicos competentes de nuestros días se hace patente la consistencia de su interpretación bíblica. Por ejemplo, una tesis doctoral reciente en la Universidad de Londres aporta evidencias de que su noción sobre la naturaleza de Cristo fue mantenida por un número significativo de teólogos respetados y reformadores a lo largo de la era cristiana (Harry Johnson, The Humanity of the Savior, London: The Epworth Press, 1962).

Mi oración es que la respuesta del corazón del lector al mensaje, sea la que tuvo E. White cuando lo oyó personalmente por primera vez, en el congreso de Minneapolis: “cada fibra de mi corazón dijo Amén” (Manuscrito 5, 1889). ¡Esa fue también mi respuesta desde que lo oí por vez primera!

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