Mensaje 1888: Cap. 1

Capítulo 1

¡Tiene que haber una explicación!

 

“¿Qué ha fallado?”, se pregunta el devoto judío ortodoxo, con angustia y perplejidad. Hasta el día de hoy, se siente sinceramente perplejo cuando medita absorto en las antiguas predicciones que hizo el Señor a Abraham, Isaac y Jacob. “¿Cuándo despertará el Dios de nuestros padres y cumplirá sus largamente esperadas promesas de enviar un Mesías a Israel? ¿Cuándo hará de Jerusalem el júbilo de toda la tierra? ¿O han sido acaso en vano nuestros grandes anhelos mesiánicos?”

Los judíos que tienen la fortuna de poder ir a los lugares santos de Jerusalem, se reúnen en el muro de las lamentaciones, en el ángulo sudoeste del antiguo enclave del templo. Allí se deshacen entonces en súplicas y lamentaciones al Dios de sus padres.

Nos gustaría darles un toque en el hombro y decirles: “Amigos, ¡podéis dejar de lamentaros! El Dios de Abraham, Isaac y Jacob no se ha dormido ni descuidado. Ha cumplido su promesa. ¡Envió fielmente al Mesías en Jesús de Nazaret! El único problema es que vuestros antecesores, no reconociéndole, lo crucificaron”.

¿Podría ser que para los devotos adventistas hubiese también una versión propia del muro de las lamentaciones?

Pondérese la cantidad sin fin de llamados y apelaciones hechas a los fieles para orar, en las semanas de oración anuales, los sermones de las sesiones de reavivamiento, las asambleas de la Asociación General y las anuales, para que el Señor cumpla su promesa y abra las ventanas del cielo para derramar sobre su pueblo los aguaceros refrescantes de la lluvia tardía. Desde que E. White describió su visión del 14 de mayo de 1851, relativa al “refrigerio” de la “lluvia tardía” (Primeros Escritos, p. 71), el adventismo ha acariciado la esperanza de que algún día Dios pueda finalmente otorgar la bendición y llevar la obra mundial de testificación a un final triunfante.

La lluvia tardía consistiría en el don último del Espíritu Santo para madurar el grano del evangelio para la cosecha, de la misma forma que las lluvias que precedían a la cosecha en la antigua Palestina permitían el cumplimiento de los sueños de los agricultores. La lluvia tardía desembocaría en el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel y la gloriosa iluminación de toda la tierra con su gloria. ¡Entonces podría venir el Señor con poder y gran gloria!

¿Por qué no han sido contestadas esas súplicas, pronunciadas durante más de un siglo? ¿Por qué sigue a cada convocación la sensación frustrante de no ver la lluvia tardía?

Esas son preguntas que se hacen las personas reflexivas, especialmente los jóvenes. ¿Por qué consagrarse a una vida de sacrificio si los anhelos escatológicos que albergaron los pioneros parecen tan remotos? Evidentemente, la segunda venida de Jesús no puede tener lugar hasta no producirse los eventos tan largamente esperados. Pero para muchos adventistas en muchos lugares, la segunda venida se desvanece en las sombras de la incertidumbre. Lo mismo que para los judíos devotos llorando por el regreso del Mesías, se trata de esperar contra toda esperanza que los pioneros no estuviesen después de todo equivocados. De hecho, el honor del Dios de los pioneros está en juego. ¿Es fiel? ¿Vive aún?

Seguramente, seres celestiales desean darnos un toque en el hombro y decirnos: “¡Cesad en vuestro lamento por las peticiones sin respuesta! Vuestras peticiones durante 130 años fueron ya contestadas. El Señor cumplió su promesa a los pioneros. Dios envió ya el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón. El único problema es que vuestros padres fallaron en reconocer el don celestial cuando éste fue otorgado, y lo rechazaron de la misma forma en que los judíos rechazaron al Mesías hace dos mil años”.

Una noticia tal es tan sorprendente para la mayor parte de los adventistas hoy, como lo sería su homóloga para los judíos en el muro de las lamentaciones. Y sin embargo, es cierta.

En el Índice de los escritos de E. White (Vol. 2, p. 1581) se encuentra un tenue indicio de tan tremenda noticia, bajo el epígrafe “Fuerte pregón”, de una forma que podríamos comparar al ligero temblor de tierra que en Qumran condujo al descubrimiento de la inmensa riqueza de los manuscritos de las cavernas ocultas. La entrada expresa llanamente: “El Fuerte pregón: comenzó ya en la revelación de la justicia de Cristo”. Siguiendo el índice, vamos a la declaración que se cita:

“El tiempo de prueba está precisamente delante de nosotros, pues el fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra” (Mensajes Selectos, vol. I, p. 425).

Lo anterior no es simplemente una oscura declaración de cierta bendición temporal concedida en algún momento de nuestra historia pasada, sino la sorprendente afirmación de que las brillantes promesas escatológicas acariciadas por nuestros pioneros en el adventismo desde 1851, tuvieron su cumplimiento en algún momento; al menos el “comienzo” de ellas.

La declaración anterior está tomada de un artículo de Review and Herald fechado el 22 de noviembre de 1892. “La revelación de la justicia de Cristo” es una clara referencia al mensaje de 1888, por entonces en su cuarto año de desconcertante periplo por nuestra historia. Tras la debida reflexión, una animosa E. White estuvo dispuesta a calificar en ese momento el mensaje como “el principio” del derramamiento final del Espíritu Santo que iluminaría la tierra con la gloria del cuarto ángel de Apocalipsis 18.

Pero esa declaración suscita ciertos problemas incómodos. Si la mensajera inspirada tuvo el discernimiento para reconocer el significado del mensaje de 1888, ¿por qué ha pasado un siglo desde entonces? Apenas tres años antes de que empezase a oírse el mensaje de 1888, E. White había declarado que cuando la lluvia tardía y el fuerte pregón comenzasen finalmente, “la obra se extendería como fuego en el rastrojo”. Realmente, “los movimientos finales serán rápidos” (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 280). Sin embargo, desde 1892, fecha en la que se hizo la declaración, ha habido un progreso dolorosamente lento. La gente está naciendo en el planeta tierra más rápidamente de lo que podemos alcanzarlos con el mensaje. Cada año que pasa nos deja con una obra cada vez mayor de testificación por completar.

El orgullo denominacional se puede racionalizar olvidando despreocupadamente el asunto, mediante predicamentos de gran progreso programático, pero la mayoría de los adventistas sinceros confesarán su seria convicción de que la tierra, sencillamente, no está todavía iluminada con la gloria del mensaje de ese “otro ángel”.

¿Qué ha fallado?

Cuatro años después de la declaración de 1892, E. White señaló con franqueza lo que había ocurrido. Se cerraba una era de brillante esperanza por una razón muy concreta:

“La falta de voluntad para renunciar a opiniones preconcebidas y aceptar esta verdad fue la principal base de la oposición manifestada en Minneapolis contra el mensaje del Señor expuesto por los hermanos [E.J.] Waggoner y [A.T.] Jones. Suscitando esa oposición, Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles. El enemigo les impidió que obtuvieran esa eficiencia que pudiera haber sido suya para llevar la verdad al mundo, tal como los apóstoles la proclamaron después del día de Pentecostés. Fue resistida la luz que ha de alumbrar toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos” (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276).

Analicemos esta declaración, hecha en 1896:

  • “El poder especial del Espíritu Santo” que Dios anhelaba impartir a nuestros hermanos en 1888 tenía un alcance verdaderamente pentecostal.
     
  • El mensaje habría proporcionado “eficiencia” en llevar las verdades adventistas “al mundo”, obviamente incluyendo las regiones musulmanas, budistas, hindúes y paganas. Habría permitido a la inexperta Iglesia Adventista, flaca en número y en recursos materiales, conocer la clase de éxito que disfrutaron los primeros apóstoles, “vencedor, para seguir venciendo” (Apoc. 6:2). Es evidente que había poder en el mensaje mismo.
     
  • La luz aportada por A.T. Jones y E.J. Waggoner fue un cumplimiento de la profecía del comienzo de la venida del poderoso cuarto ángel de Apocalipsis 18, gracias a cuya luz “la tierra [debía ser] alumbrada con su gloria”. Aquí radica el origen bíblico del término “fuerte pregón” o “fuerte clamor” (Apoc. 18:1 y 14:9).
     
  • “Satanás tuvo éxito” “en gran medida” en evitar que la luz fuese recibida por nuestros hermanos, manteniéndola así alejada del mundo. Ese simple hecho explica el siglo de esterilidad espiritual que ha sobrevenido a nuestra obra mundial misionera, incluyendo la pérdida de nuestra obra en China y la impotencia y frustración espiritual en muchas otras áreas. Si la lluvia tardía es refrigerio espiritual, ¡su ausencia debe significar sequía espiritual!
     
  • Los agentes que Satanás empleó para llevar a cabo su propósito fueron “nuestros propios hermanos”, cuyo “proceder” consistió en la resistencia y el rechazo. Debe reconocerse en justicia que “nuestros propios hermanos” se refería primariamente a los líderes de la Asociación local y general del momento, actuando en beneficio de la iglesia tal como hicieron los líderes judíos -en beneficio de su nación- al rechazar el tan esperado Mesías.
     
  • “Qué hacer con esas inquietantes realidades”, ha sido el tema de décadas de perplejidad. Anular la evidencia o evadir la verdad obvia no es la forma de encontrar la solución a nuestras dificultades. No satisfará jamás a las mentes sinceras.
     
  • Los judíos han tenido un problema similar desde hace siglos, intentando explicar a sus hijos por qué no ha aparecido el esperado Mesías. Ciertamente embarazoso. Cuando Joseph Wolff pidió insistentemente a su padre que le explicara quién era el Siervo Sufriente de Isaías 53, sino Cristo, su padre le prohibió terminantemente formular nunca más esa pregunta. ¡El único proceder seguro para nosotros, es recibir con agrado la plena exposición de la verdad! La iglesia no estará nunca motivada a terminar la obra mundial del evangelio hasta que tenga una comprensión exacta de por qué la venida del Señor ha sido diferida por tan largo tiempo, y renueve la confianza escatológica de los pioneros.

Seguramente se puede confeccionar una larga lista de razones para la demora [1]. Pero la solución directa a todas ellas iba a ser provista en el derramamiento verdaderamente pentecostal del Espíritu Santo en la lluvia tardía de 1888. Por lo tanto, el rechazo de esa solución inspirada para nuestros numerosos problemas constituye la causa básica del prolongado retraso, de igual modo que el problema básico que ha afligido a los judíos en los pasados dos mil años es su rechazo al Mesías. “1888” merece la atención especial de esta generación..

La comparación de nuestro rechazo de la luz en 1888, con el rechazo de Cristo por parte de los judíos, no es una comparación forzada. Desde el tiempo de la asamblea de 1888, y también en los años que siguieron, E. White se mostró persuadida de que estábamos repitiendo la tragedia de la incredulidad de los antiguos judíos:

“Cuando repaso la historia de la nación judía y veo la forma en que tropezaron por no andar en la luz, he venido a comprender dónde podemos ser llevados como pueblo si rechazáramos la luz que Dios nos da. Tenéis ojos y no veis, oídos y no oís. Ahora, hermanos, se nos ha enviado luz, y queremos estar donde podamos aferrarnos a ella… Veo vuestro peligro y os quiero prevenir…

Si los ministros no reciben la luz

[dada en la misma asamblea de 1888] , quiero dar al pueblo una oportunidad; quizá ellos puedan recibirla… Como la nación judía…” (Manuscrito 9, 1888; sermón dado el 24 de octubre de 1888; A.V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 292).

Ocho días más tarde, repitió:

“Cuando los judíos dieron el primer paso en el rechazo de Cristo, dieron un paso peligroso. Cuando posteriormente se acumuló la evidencia de que Jesús de Nazaret era el Mesías, tuvieron demasiado orgullo como para reconocer que habían errado.

…Ellos [los hermanos], lo mismo que los judíos, daban por sentado que poseían toda la verdad, y sentían cierta animadversión hacia quien pudiera suponer que tenía ideas más correctas que ellos mismos en cuanto a la verdad. Decidieron que toda la evidencia acumulada no tendría para ellos más peso que la paja, y enseñaron a otros que la doctrina no era verdadera, y más tarde, cuando vieron la luz, estaban tan abocados a condenar, tenían demasiado orgullo como para decir “me equivoqué”; acarician todavía la duda e incredulidad, y son demasiado orgullosos como para reconocer que sus convicciones…

No es conveniente para uno de estos hombres jóvenes [Jones o Waggoner] el entregarse a una decisión en este encuentro, donde la oposición, más que la investigación, está a la orden del día” (Manuscrito 95, 1888; sermón del 1 de noviembre de 1888; Olson, Through Crisis to Victory, p. 300 y 301).

En 1890, E. White llama la atención del pueblo al tema de “como los judíos”:

“Aquellos a quienes Cristo ha dotado de gran luz, a quienes Dios ha rodeado de preciosas oportunidades, están en peligro, si no andan en su luz, de llenarse de opiniones orgullosas y exaltación propia como lo fueron los judíos” (Review and Herald, 4 de febrero de 1890).

“Que no se nos encuentre entregados a subterfugios y a la colocación de perchas donde colgar las dudas en cuanto a la luz que Dios nos ha enviado. Cuando se lleva a vuestra atención un punto de doctrina que no comprendéis, poneos de rodillas, para que podáis comprender cuál es la verdad, y que no seáis hallados, como sucedió con los judíos, luchando contra Dios…

Durante cerca de dos años hemos alertado a la gente a venir y aceptar la luz y la verdad concerniente a la justicia de Cristo, y ésta no sabe qué hacer, si abrazar o no esa preciosa verdad” (Id, 11 de marzo de 1890).

“¿Por cuanto tiempo se mantendrán apartados del mensaje de Dios los que están a la cabeza de la obra?” (Id, 18 de marzo de 1890).

Si pudiéramos hacer algo por ayudar a los judíos en el muro de las lamentaciones, sería urgirles a estudiar de primera mano los registros existentes sobre Jesús de Nazaret, para que pudiesen ver en él el cumplimiento de las profecías que vanamente esperan en el futuro.

Sería igualmente sensato para nosotros que estudiásemos de primera mano el registro existente del propio mensaje de 1888, y permitiésemos que su gloriosa luz brillase en nuestros corazones hoy. El mensaje de 1888, tal como fue proclamado por los mensajeros originales enviados del cielo, abunda en conceptos que expanden la mente, y que son prácticamente desconocidos por la generación actual.

Una vez cumplido nuestro deber y habiendo comprendido bien cuál fue el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón, estaremos mejor preparados para comprender el presente, rechazar falsificaciones y engaños, y enfrentar el futuro con un mensaje restaurador para los hombres, que acelerará el retorno de nuestro Señor.

Ese es el propósito de este libro.

Nota:

L.E. Froom, en Movement of Destiny dedica dos extensos capítulos, el 1º y 2º, al tema de la “Demora de la segunda venida: motivos divinos desvelados” (p. 561-603). Su lectura lleva fácilmente a la confusión y el desánimo. La única solución simple a todos los problemas que han demorado el retorno de Cristo es la fe. Fe genuina, fe incondicional en Cristo. El mensaje de 1888 tenía por objeto remediar la falta de ella. [volver al texto]

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