EL SANTUARIO – I

El pecado de nuestros primeros padres trajo sobre el mundo la culpa y la angustia, y si no se hubiesen manifestado la misericordia y la bondad de Dios, la raza humana se habría sumido en irremediable desesperación.

La caída del hombre llenó todo el cielo de tristeza.  El mundo que Dios había hecho quedaba mancillado por la maldición del pecado, y habitado por seres condenados a la miseria y a la muerte.  Parecería no existir escapatoria para aquellos que habían quebrantado la ley; Pero el amor divino había concebido un plan mediante el cual el hombre podría ser redimido.  La quebrantada ley de Dios exigía la vida del pecador.  En todo el universo sólo existía uno que podía satisfacer sus exigencias en lugar del hombre.  Puesto que la ley divina es tan sagrada como el mismo Dios, sólo uno igual a Dios podría expiar su trasgresión.

La primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención la oyó en la sentencia pronunciada contra Satanás en el huerto.  El Señor declaró: ” Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3: 15)

 

 

La primera indicación que el hombre tuvo acerca de su redención la oyó en la sentencia pronunciada contra Satanás en el huerto.  El Señor declaró: ” Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gén. 3: 15)

Esta sentencia, pronunciada en presencia de nuestros primeros padres, fue una promesa para ellos.  Mientras predecía la lucha entre el hombre y Satanás, declaraba que el poder del gran adversario sería finalmente destruido.  Aunque habrían de padecer por efecto del poder de su gran enemigo, podrían esperar una victoria final.

 

 

 

 

 

Los ángeles celestiales explicaron más completamente a nuestros primeros padres el plan que había sido concebido para su redención. 
Se les aseguró a Adán y a su compañera que a pesar de su gran pecado, no se los abandonaría a merced de Satanás.  El Hijo de Dios había ofrecido expiar, con su propia vida, la trasgresión de ellos.  Se les otorgaría un tiempo de gracia y, mediante el arrepentimiento y la fe en Cristo, podrían llegar a ser de nuevo hijos de Dios.

El sacrificio exigido por su transgresión reveló a Adán y a Eva el carácter sagrado de la ley de Dios; y comprendieron mejor que nunca la culpa del pecado y sus horrorosos resultados.

Se estableció entonces un sistema que requería el sacrificio de animales, a fin de mantener delante del hombre caído lo que la serpiente había hecho que Eva no creyera, que la paga de la desobediencia es la muerte.  La transgresión de la ley de Dios hizo necesario que Cristo muriese como sacrificio, a fin de proporcionar al hombre una vía de escape de su castigo, y preservar al mismo tiempo el honor de la ley de Dios.  El sistema de sacrificios había de enseñar al hombre humildad,  en vista de su condición caída, y conducirlo al arrepentimiento y a confiar solamente en Dios, por medio del Redentor prometido, para obtener el perdón por las pasadas transgresiones de su ley.

El sistema de sacrificios fue trazado por Cristo mismo, y dado a Adán como un símbolo del Salvador que habría de venir.

Para Adán, ofrecer el primer sacrificio fue una ceremonia muy dolorosa.  Tuvo que alzar la mano para quitar una vida que sólo Dios podía dar.  Por primera vez iba a presenciar la muerte, por primera vez iba  correr la sangre de un ser vivo y sabía que si hubiese sido obediente a Dios no la habrían conocido ni el hombre ni las bestias.  Mientras mataba la inocente víctima temblaba al pensar que su pecado haría derramar la sangre del Cordero inmaculado de Dios.  Esta escena le dio un sentido más profundo y vívido de la enormidad de su transgresión, que nada sino la muerte del querido Hijo de Dios podía expiar.  Y se admiró de la infinita bondad del que daba semejante rescate para salvar a los culpables. 
Una estrella de esperanza iluminaba el tenebroso y horrible futuro, y lo libraba de una completa desesperación.
Se le encomendó a Adán que enseñara a sus descendientes a temer al Señor y, por su ejemplo y humilde obediencia, les enseñase a tener en alta estima las ofrendas que simbolizaban al Salvador que habría de venir.  Adán atesoró cuidadosamente lo que Dios le había revelado, y lo transmitió verbalmente a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

A la puerta del paraíso, guardada por querubines, se manifestaba la gloria de Dios, y allí iban los primeros adoradores a levantar sus altares y a presentar sus ofrendas.

En los sacrificios ofrecidos en cada altar se veía al Redentor.  Con la nube de incienso se elevaba de cada corazón contrito la oración de que Dios aceptara sus ofrendas como una muestra de fe en el Salvador venidero.

El sistema de sacrificios confiado a Adán fue también pervertido por sus descendientes.  La superstición, la idolatría, la crueldad y el libertinaje corrompieron el sencillo y significativo servicio que Dios había establecido.  A través de su larga relación con los idólatras, el pueblo de Israel había mezclado muchas costumbres paganas con su culto; por consiguiente, en el Sinaí el Señor le dio instrucción definida tocante al servicio del santuario.

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