LA JUSTIFICACION POR LA FE

 por los pastores Jones y Waggoner

 “En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones… Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios… Este es el mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo. Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu” (Testimonios para los Ministros, p. 91 y 92).

La justicia por la fe carece de sentido a menos que motive a la consagración sacrificial y al servicio. El mensaje de Jones y Waggoner era eficaz y prático por cuanto demandaba y motivaba a una devoción cabal.

 

 

“Debemos advertir a la gente del mundo contra este poder [la bestia y su imagen]… y atraerlos fuera de él, hacia Dios. Ahora bien, ¿puedo realizar eso con alguna fuerza, si guardo alguna conexión con el mundo o la mundanalidad? [Congregación: No] Si comparto un espíritu mundano, y una disposición e inclinación mundanas, quiero saber cómo voy a advertir a la gente a separarse enteramente del mundo. ¿Cómo va a haber alguna fuerza en mis palabras para que alguien lo haga?… No importa si usted es un pastor o no, si es un adventista del séptimo día o sólo un profeso adventista… Quiero saber: ¿cómo va a hacer válida esa profesión, si está de alguna manera conectado con este mundo en espíritu, mente, pensamiento, deseos o inclinaciones? No amigo; una conexión con el mundo no mayor que el espesor de un cabello le quitará el poder que debe haber en el llamado para advertir a todos contra ese poder malvado mundanal, al efecto de que puedan separarse completamente de él” (Id., p. 123).

Mensaje 1888: parte 2

Capítulo 2

El seguro derramamiento del Espíritu Santo

 Algunas veces, los alumnos en la escuela han de enfrentar el desafío de tener que estudiar para un examen final en el que todo se reduce a contestar una única pregunta. Pero ésta es tan abarcante y decisiva, que pone a prueba sus capacidades.

Podría muy bien ser que la prueba final para el pueblo de Dios consista en una sola cuestión: ¿Eres capaz de reconocer el derramamiento del Espíritu Santo? Es previsible que haya de verse confrontado a dos demostraciones paralelas: de un lado la auténtica, por parte del Espíritu Santo; y del otro, una extraordinariamente sutil pero falsa imitación. La cuestión única y crucial sería: Di cuál es cual.

Antes del principio del derramamiento de la lluvia tardía en 1888, E. White había declarado que deberíamos afrontar falsificaciones del Espíritu Santo, de carácter muy engañoso. Distinguir entre lo genuino y su falsificación puede determinar nuestro destino eterno:

“Antes que los juicios de Dios caigan finalmente sobre la tierra, habrá en el pueblo del Señor un avivamiento de la piedad primitiva cual no se ha visto nunca desde los tiempos apostólicos. El Espíritu y el poder de Dios serán derramados sobre sus hijos… El enemigo de las almas desea impedir esta obra, y antes que llegue el tiempo para que se produzca tal movimiento, tratará de evitarlo introduciendo una falsa imitación. Hará aparecer como que la bendición especial de Dios es derramada sobre las iglesias que pueda colocar bajo su poder seductor; allí se manifestará lo que se considerará como un gran interés por lo religioso. Multitudes se alegrarán de que Dios esté obrando maravillosamente en su favor, cuando, en realidad, la obra provendrá de otro espíritu” (El Conflicto de los Siglos, p. 517).

El título del capítulo en el que se encuentra esa declaración (el 28), reza en el original: “Reavivamientos modernos”, y expone muchas de las ideas falsas que fueron populares entre los reavivadores de la última parte del siglo XIX. Ninguna falsificación puede engañar a quien posea una correcta comprensión de la “justificación por la fe”. Pero en el siglo pasado había considerable confusión, y hoy hay incluso más. El subjetivismo de los movimientos “pentecostales” modernos tiene sus raíces en los reavivamientos anteriores a 1888, que se extendieron por las iglesias populares.

El movimiento pentecostal moderno ha hecho grandes esfuerzos para captar la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Citaremos un ejemplo:

“En la iglesia cristiana sopla hoy una brisa refrescante, purificadora y vigorizante. Hasta cierto punto, toda denominación siente los efectos de esa brisa…

Ese reavivamiento o renovación carismática, como se la ha llamado, viene de Dios. Fue iniciada por Dios y es llevada adelante por él mismo. Se fortalece por el Espíritu Santo para gloria de Dios. Una vez más el Espíritu Santo se manifiesta a sí mismo con el mismo poder y dones que caracterizó a la era apostólica” (Full Gospel Business Men’s Fellowship Voice, marzo, 1967).

Un miembro de la Iglesia Adventista cuenta su historia tal como aparece en la revista Insight:

“Durante dos años esperé esa… maravillosa experiencia del bautismo… y no la pude encontrar en mi propia iglesia… No estábamos deseando todo cuanto Dios tiene para ofrecernos, ¿comprende?… hablar en lenguas. Pero yo quería lo que Dios quería darme. Y lo buscaba. Dios me hizo derribar las barreras del denominacionalismo, y fui a otros lugares, y finalmente, el 29 de marzo de 1970, en Easter Sunday (Dominical del Este), Dios derramó en mí su Espíritu y me dio la maravillosa evidencia que había prometido -dando el Espíritu manifestación de ello- y habiéndome dado expresión el Espíritu, canté en el maravilloso lenguaje del cielo”.

El autor del artículo en el que se cita esta declaración, continúa explicando las circunstancias… los adventistas estaban siendo “convertidos”:

“Lo único de inusual en ese testimonio es que era dado por un adventista. Se encontraba en Riverside (California), en la primavera de 1972, en una reunión en esa ciudad, sede de Full Gospel Business Men’s Fellowship International. La reunión comenzó alabando a Dios por las señales y maravillas. Concluyó con un plan para traer el bautismo del Espíritu Santo, don de lenguas incluido, a la Iglesia Adventista.

Los empresarios presentes ofrecieron 2.500 dólares para enviar la publicación de su organización -The Voice- a los pastores adventistas de todo el mundo. Es una publicación que abunda en milagros, informa de curaciones, lenguas desconocidas, revelaciones proféticas, todos esos fenómenos característicos del movimiento carismático” (Insight, 15 de mayo de 1973, p. 13 y 14).

Si ese “Espíritu Santo” era una falsificación, ¿dónde está el genuino? En alguna parte debe estar el genuino, ya que tenemos estas promesas divinas:

Y será en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros mancebos verán visiones y vuestros viejos soñarán sueños. Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo: el sol se volverá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo (Hech. 2:17-21).

Y después de estas cosas vi otro ángel descender del cielo teniendo grande potencia; y la tierra fue alumbrada de su gloria. Y clamó con fortaleza en alta voz, diciendo: Caída es, caída es la grande Babilonia, y es hecha habitación de demonios, y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de todas aves sucias y aborrecibles. Porque todas las gentes han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites. Y oí otra voz del cielo que decía: Salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas (Apoc. 18:1-4).

Hace unos sesenta años, un presidente de la Asociación General reconoció el cumplimiento inicial de la profecía de ese “cuarto ángel” en el mensaje de 1888:

“En el año 1888 fue dado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día un mensaje de despertar muy definido. En aquel tiempo se lo designó “el mensaje de la justicia por la fe”. Ambos, el mensaje mismo y la forma en que fue dado, causaron una profunda y duradera impresión en las mentes de los pastores y el pueblo, y el transcurso del tiempo no ha podido borrar de la memoria esta impresión. Hasta hoy día, muchos de los que oyeron el mensaje desde el comienzo, están profundamente interesados y entregados a él. En el transcurso de estos largos años han mantenido la firme convicción, y han acariciado la alegre esperanza de que algún día ese mensaje pueda alcanzar entre nosotros una gran prominencia, y que obre en la iglesia la purificación y regeneración para los que creen que el Señor lo envió” (A.G. Daniells, Christ Our Righteousness, p. 23. Edición en castellano, p. 16 –Inter Euro Publishing–).

Daniells se vio constreñido a añadir: “El mensaje nunca fue aceptado ni anunciado, ni le fue dado libre curso en su debida forma para traer sobre la iglesia las bendiciones sin límite que están contenidas en él” (Id., p. 47 -33-). Las publicaciones denominacionales demuestran la veracidad de la anterior declaración. Con la excepción de los conceptos implícitos en los escritos del Espíritu de Profecía, la investigación indica que en las décadas anteriores y posteriores a 1926, el mensaje de 1888 había quedado tan perdido y enterrado, como Pompeya bajo las cenizas del viejo Vesubio. Podemos tener mucha de la así llamada justificación por la fe, pero es profundamente diferente de la luz que el Señor dio a este pueblo en el mensaje de 1888. Y no solamente el movimiento carismático ha hecho intentos por seducir a la iglesia remanente mediante un evangelio exageradamente subjetivo, sino que el extremo opuesto de un evangelio de tipo calvinista, puramente objetivo, ha tomado ventaja de nuestra amplia ignorancia en cuanto al contenido del mensaje de 1888.

E. White animó a la iglesia a creer que el verdadero derramamiento del Espíritu Santo venía con ese mensaje de 1888:

“En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios… Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu” (1895, Testimonios para los Ministros, p. 91 y 92).

Entre los allegados a E. White, la convicción general era que la lluvia tardía había comenzado. He aquí un ejemplo (habla A.T. Jones):

“Hace poco recibí una carta del hermano [G.B.] Starr en Australia. Leeré dos o tres frases que vienen al dedillo en este punto de nuestro estudio: -La hermana White dice que estamos en la era de la lluvia tardía desde el encuentro de Minneapolis [en 1888]” (General Conference Bulletin, 1893, p. 377).

Dos años antes E.J. Waggoner había reconocido lo siguiente:

“Cuando tenemos una fe firme en que Cristo habita en nosotros, podemos ir a trabajar por otros con poder, y unificar nuestras voces con las de los ángeles del cielo, y entonces el mensaje se abrirá paso con fuerte clamor… Esta noche me gozo en la convicción de que el fuerte clamor está comenzando” (Id., 1891, p. 245 y 246).

Aquí se reproduce el registro de la confesión hecha por la congregación reunida en la Asamblea de la Asociación General de 1893. A.T. Jones pregunta, y la congregación responde:

“Ahora hermanos, ¿cuándo comenzamos como pueblo con el mensaje de la justicia de Cristo? [Uno o dos en el auditorio: ‘Hace tres o cuatro años’. ¿Cuántos?, ¿tres?, ¿o cuatro? [Congregación: ‘Cuatro’] Si; cuatro. ¿Dónde fue? [Congregación: ‘En Minneapolis’] ¿Qué rechazaron pues los hermanos en Minneapolis? [Algunos de la congregación: ‘El fuerte pregón’] ¿Qué es ese mensaje de justicia? El Testimonio nos ha dicho lo que es; el fuerte pregón -la lluvia tardía. Entonces, los hermanos que adoptaron esa postura tremenda en Minneapolis, ¿qué rechazaron? Rechazaron la lluvia tardía, el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel” (Id, 1893, p. 183).

Unámonos imaginariamente con la congregación que esa noche escuchaba en atento silencio:

“Y hermanos, ha llegado el momento de retomar esta noche lo que rechazamos allí. Nadie entre nosotros ha sido capaz siquiera de soñar la maravillosa bendición que Dios tenía para nosotros en Minneapolis, y que habríamos podido disfrutar en estos cuatro años, si los corazones hubieran estado dispuestos a recibir el mensaje que Dios envió. Estaríamos cuatro años más adelante, estaríamos en medio de las maravillas del fuerte pregón mismo, esta noche. ¿No nos decía el Espíritu de Profecía allí, en aquel tiempo, que la bendición rondaba sobre nuestras cabezas?” (Id.)

O.A. Olsen, presidente de la Asociación General, fue conmovido por esa presentación. El día siguiente desnudó su alma ante los delegados:

“La presencia de Dios está convirtiendo este lugar en cada vez más solemne. Presumo que nadie entre nosotros ha estado jamás en una reunión como ésta. El Señor está ciertamente acercándose a nosotros, y está revelando las cosas más y más, cosas que no habíamos comprendido ni apreciado tan plenamente hasta ahora…

Anoche tuve un sentimiento de gran solemnidad. El lugar se convirtió para mí en grandioso, en razón de la proximidad de Dios, del solemne testimonio que se nos dio aquí…

Algunos se pueden sentir atribulados por la alusión hecha a Minneapolis. Sé que algunos se han sentido agraviados y afligidos debido a la referencia hecha a ese encuentro, y a la situación allí. Pero téngase presente que la única razón para que alguien se pudiera sentir así es un espíritu obstinado por su parte… El mismo hecho de que uno se sienta agraviado, delata al instante la semilla de la rebelión en el corazón” (Id., p. 188).

Otro de los oradores prominentes en 1893 que reconoció, al menos parcialmente, lo que estaba sucediendo, fue W.W. Prescott:

“Cuando pienso que durante cuatro años hemos estado en el tiempo de la lluvia tardía, y que Dios ha querido derramar su Espíritu para la restauración de esos dones, que su obra podría avanzar con poder; y que desea que nos unamos con gozo en la obra cooperando con él de todo corazón, se me antoja que nosotros hemos sido las manos que han impedido y los pies que no han querido andar; y que más bien que permitir que se quebrante de nuestra alma, ésta se ha resistido” (Id., p. 463).

Desde las amarillentas páginas del Bulletin de 1893 le asalta a uno la expectación de la inminente lluvia tardía. ¡Desde los gloriosos días del clamor de media noche de 1844, los corazones del pueblo de Dios no habían palpitado con una esperanza escatológica tal!

“Entonces, cuando el mensaje de la justicia de Dios -la justicia de Dios que es por la fe de Jesucristo, la obra justa de Dios-, cuando eso se acepta, cuando accedemos a recibirlo y cuando su pueblo lo mantiene, ¿en qué se traduce eso, en relación con la obra de Dios en la tierra? -No pasará mucho tiempo antes que todo sea hecho…

Es ahora el tiempo en el que la obra será acabada en breve, y estamos en medio de las escenas que van a clausurar la historia de este mundo… pero la lluvia tardía es la doctrina de justicia. ¿Cuándo comenzamos como pueblo con el mensaje de la justicia de Cristo? [Uno o dos en el auditorio: ‘Hace tres o cuatro años’. ¿Cuántos?, ¿tres?, ¿o cuatro? [Congregación: ‘Cuatro’] Si, cuatro. ¿Dónde fue? [Congregación: ‘En Minneapolis’]…

Ahora bien, el mensaje de la justicia de Cristo es el fuerte pregón. Es la lluvia tardía” (Id., p. 243).

¿No se habría quedado estupefacta la congregación en aquella noche, de haber sabido que pasaría al menos un largo siglo antes que fuese oído el llamamiento misericordioso de Dios? En la historia de la Iglesia Adventista se han escrito muchos libros desde entonces. Extrañamente, ninguno ha desvelado el significado real del mensaje de 1888 en la historia, excepción hecha del de L.E. Froom, Movement of Destiny, publicado en 1971. Froom identifica sin vacilación el mensaje de 1888 como el comienzo de la lluvia tardía:

“Hubo, pues, en los años noventa, no ya solamente una exposición, sino una manifestación del poder de la justicia por la fe como anticipo del poder destinado a culminar en el fuerte pregón, del cual se dieron manifestaciones prácticas. La hermana White manifestó expresamente que lo que estaba teniendo lugar era en realidad el principio de la lluvia tardía” (p. 345).

“El mensaje de Minneapolis vino e ser preciosísimo para el corazón de [F.H.] Westphal. Dijo que era ‘dulce melodía para su alma’. Regresó a Plainfield, Wisconsin, e hizo saber a la iglesia que la lluvia tardía había comenzado. Como resultado, un granjero vendió su granja, dedicó gran parte de su dinero a la obra del Señor, comenzó a colportar y fue finalmente ordenado para el ministerio” (p. 262).

“Quien niega que el fuerte pregón comenzó a sonar en 1888, impugna la veracidad del Espíritu de Profecía. Quien asevera que la lluvia tardía no comenzó entonces a caer, desafía la integridad del mensaje que Dios nos entregó” (p. 667).

“Como sabe todo estudioso de este tema, esas verdades de 1888 no han alcanzado todavía su plenitud, tal como se nos dice que deben alcanzar y alcanzarán antes y a medida que entramos en nuestra fase final de testificación al mundo. Vendrán a ser entonces de una forma muy definida el centro álgido de nuestra presentación final al mundo. Los ‘movimientos finales’ serán ‘rápidos’, llenos del Espíritu, centrados en Cristo, llenos de mensaje, movimientos sobreabundantes en la justificación por la fe… Las verdades gloriosas de 1888 triunfarán” (p. 521).

La “bienaventurada esperanza” que sostuvo a los pioneros adventistas fue la de ver a Jesús personalmente en su retorno, y ser trasladados sin conocer la muerte. El mensaje de 1888 reavivó esta esperanza de traslación. A.T. Jones citó la declaración que encontramos en Joyas de los Testimonios, tomo I, p. 187: “Los que resisten en cada punto, que soportan cada prueba y vencen, a cualquier precio que sea, han escuchado el consejo del Testigo fiel y recibirán la lluvia tardía, y estarán preparados para la traslación” Por si no pareciese suficiente:

“Hermanos, es aquí donde estamos. Actuemos en consecuencia. Demos gracias al Señor porque se relaciona todavía con nosotros, para salvarnos de nuestros errores y peligros, para guardarnos de los caminos equivocados y para derramar sobre nosotros la lluvia tardía, a fin de que podamos ser trasladados. Eso es lo que el mensaje significa para mí y para vosotros: traslación” (General Conference Bulletin, 1893, p. 185).

Pocos días después volvió al mismo tema:

“Hermanos, ¿no es de gran ánimo el pensamiento de que… la lluvia tardía va a preparar para la traslación? Ahora, ¿dónde debe ser derramada la lluvia tardía, y cuándo? Ahora es el tiempo para la lluvia tardía, ¿y cuándo es el tiempo para el fuerte pregón? [Voz: ‘Ahora’] ¿Para qué va a prepararnos? [Voz: ‘Para la traslación’]. Me anima mucho considerar que las pruebas que el Señor nos está dando ahora son para prepararnos para la traslación. Y cuando viene y nos habla a ti y a mí, es porque quiere trasladarnos, pero no puede trasladar el pecado, ¿no os parece? Por lo tanto, su único propósito al mostrarnos las dimensiones del pecado es poder salvarnos de él y trasladarnos. ¿Nos desanimaremos, pues, cuando él nos manifiesta nuestros pecados? No; agradezcámosle que él nos quiera trasladar, y él quiere hacerlo hasta el punto que quiere alejar nuestros pecados del camino lo antes posible” (Id., p. 205).

La clara apreciación del mensaje de la reforma pro-salud guardó estrecha relación con la noción de preparación para la traslación:

“Ahora, allí mismo hay otra cosa. Estamos viviendo en vista de otra circunstancia terrible, es decir, si ese mensaje que debemos ahora dar no es recibido, lleva aparejada la funesta consecuencia de que se recibirá en su lugar el vino de la ira de Dios… Y la obra que va a enfrentarnos con el hecho aquí referido ya ha empezado. Por lo tanto, ¿no va a dar eso al mensaje de la reforma pro-salud una fuerza de la que no ha gozado hasta ahora? Cuando la reforma pro-salud fue dada al pueblo de Dios fue definida como aquello que prepararía al pueblo para la traslación… Pero debemos pasar por las siete últimas plagas antes de ser trasladados; y si la sangre de un hombre es impura y llena de elementos inapropiados, ¿será capaz de superar ese tiempo, en que el aire estará envenenado de pestilencia? Ciertamente no podrá” (A.T. Jones, Id., p.  8 y 89).

Ocurrió un acontecimiento nacional relevante que llenó la era de 1888 de sorprendente significado. Los adventistas siempre habían creído que de una forma virtualmente simultánea con el derramamiento del Espíritu Santo en la lluvia tardía, vendría la ley dominical nacional prefigurada en la profecía de la marca de la bestia. En dos siglos de historia nacional, el Congreso americano no había estado jamás tan cerca de aprobar una ley dominical nacional como lo estuvo durante el auge de la justificación por la fe en 1888. “En 1888, el senador H.W. Blair de New Hampshire introdujo un documento dominical en el Congreso de Estados Unidos, urgiendo la observancia del domingo en todos los territorios federales como ‘día de adoración’, y también una enmienda educacional-religiosa a la Constitución” (Seventh-Day Adventist Encyclopedia, edición revisada, p. 1437). Justamente después de la sesión de la Asamblea General de 1888 en Minneapolis, E. White escribió:

“Vemos que se están haciendo esfuerzos para restringir nuestras libertades religiosas. La cuestión del domingo está asumiendo grandes proporciones. Se está urgiendo en el Congreso una enmienda a la Constitución, y si prospera, la opresión no tardará” (Review and Herald, 8 de diciembre de 1888).

Apenas había terminado A.T. Jones sus obligaciones en la sesión de la Conferencia General de 1888, cuando fue llamado a Washington, D.C. para hacer una presentación ante el Comité de la Educación y Trabajo del Senado de Estados Unidos, el 13 de diciembre de 1888 (“La Ley Nacional Dominical, Discusión de A.T. Jones,” Oakland, California, American Sentinel, 1890). El éxito de Jones al oponerse al documento de Blair hizo, naturalmente, más prominentes las presentaciones sobre la justificación por la fe. La agitación posterior en relación con el domingo, hacia finales de 1893, en la Feria Mundial de Chicago, produjo un clima tenso para los delegados, en la sesión de la Asamblea General de ese año:

“A título de comienzo, y para sentar las bases de lo por venir, echaremos una ojeada a la situación ante nosotros tal cual es esta noche, en el gobierno de Estados Unidos. Y por esta razón, voy a relatar las experiencias de lo escuchado recientemente en Washington” (Bulletin, p. 399).

“Cuando [el Congreso] puso allí esa restricción, y manifestó que los responsables debían firmar un acuerdo para cerrar la Feria Mundial en domingo, -‘el Sabbath cristiano’, como calificó el Congreso al domingo- antes de recibir ninguna remuneración, hubiese podido exigir con el mismo derecho que el director de la Feria Mundial se sometiese al bautismo cristiano antes de poder recibir ningún pago…

Si el Congreso puede definir lo que es el Sabbath cristiano, entonces puede requerir cualquier otra cosa en la religión cristiana” (Id, p. 50).

“Estas son algunas de las cosas que están ocurriendo ante nosotros. Ahora el estudio será sobre lo que pronto va a venir sobre nosotros, en vista de lo que ahora está pasando. Cuando veamos eso, como el Testimonio ha dicho, veremos la necesidad, reconoceremos la necesidad de que el Espíritu Santo sea reconocido, recibido y presentado a la gente. Y aquí es donde estamos, hermanos, como ha dicho el hermano Prescott. La única pregunta es ¿buscaremos a Dios para el poder de su Espíritu Santo?” (Id., p. 52).

Aquellos de entre nuestro pueblo que estaban alerta, resultaron conmovidos, como no podía ser menos. El Congreso había declarado que el “Sabbath cristiano” era el domingo. El clero se manifestaba a punto de pisotear las convicciones de los guardadores del sábado. Nuestro pueblo se mantuvo meditando en ese familiar texto: “Tiempo es de hacer, oh Jehová. Disipado han tu ley” (Sal. 119:126). El pastor Jones hizo un poderoso llamado:

“¿No es esa palabra la oración que Dios ha puesto en nuestros labios en este tiempo?… ¿estáis viviendo día tras día… ante ese terrible hecho, que es tiempo para Dios de actuar, si es que su integridad debe ser mantenida en todo el mundo?… Nos lleva al punto de una consagración tal como la que ninguna de nuestras almas había soñado antes; una tal consagración, una tal devoción, que nos mantenga en la presencia de Dios, con ese grandioso pensamiento de que ‘Tiempo es de hacer, oh Jehová. Disipado han tu ley’ ” (Id., p. 73).

La justicia por la fe carece de sentido a menos que motive a la consagración sacrificial y al servicio. El mensaje de Jones y Waggoner era eficaz y práctico por cuanto demandaba y motivaba a una devoción cabal:

“Debemos advertir a la gente del mundo contra este poder [la bestia y su imagen]… y atraerlos fuera de él, hacia Dios. Ahora bien, ¿puedo realizar eso con alguna fuerza, si guardo alguna conexión con el mundo o la mundanalidad? [Congregación: No] Si comparto un espíritu mundano, y una disposición e inclinación mundanas, quiero saber cómo voy a advertir a la gente a separarse enteramente del mundo. ¿Cómo va a haber alguna fuerza en mis palabras para que alguien lo haga?… No importa si usted es un pastor o no, si es un adventista del séptimo día o sólo un profeso adventista… Quiero saber: ¿cómo va a hacer válida esa profesión, si está de alguna manera conectado con este mundo en espíritu, mente, pensamiento, deseos o inclinaciones? No amigo; una conexión con el mundo no mayor que el espesor de un cabello le quitará el poder que debe haber en el llamado para advertir a todos contra ese poder malvado mundanal, al efecto de que puedan separarse completamente de él” (Id., p. 123).

El mensaje era el adecuado a la crisis. Los mensajeros estaban haciendo un llamamiento a la plena consagración al Señor, en lenguaje claro y sencillo:

“Es un espléndido cuadro el que describió el hermano Porter hace poco tiempo; que el profeta buscó a los que daban ese mensaje, pero buscó demasiado bajo. El ángel dijo: ‘Mira más arriba’. Gracias a Dios, están por encima del mundo. Es allí a donde pertenecen. Más arriba del mundo, en un fundamento que Dios ha establecido para que caminen por ella. Y todos aquellos que estén tan abajo que uno tenga que mirar al mundo para verlos, están descalificados para dar el mensaje del tercer ángel. Debemos estar por encima del mundo. Por lo tanto, librémonos de él, hermanos” (Id.).

Llamados como el siguiente son los que indujeron a un granjero de Plainfield, Wisconsin, a vender su granja e implicarse en el trabajo del Señor:

“Hermanos, lo peor que puede pasarle a un adventista con medios es que Dios tenga que pasarlo por alto y buscar a algún otro que esté dispuesto a dar lo que se necesite. Un adventista que vive para sí es el peor hombre en este mundo. Hemos llegado a un punto en el que Dios quiere que empleemos todo cuanto tenemos. Y cuando creemos eso, nuestros medios y nosotros mismos serviremos para su uso. Y su obra pronto será concluida, y entonces no necesitaremos más medios. Esa es la situación actual” (Id., p. 111: Froom, Movement of Destiny, p. 262).

Nunca, desde el clamor de media noche de 1844, se habían conmovido tan profundamente los corazones. ¡Habían comenzado la lluvia tardía y el fuerte pregón! No es extraño que el presidente de la Asociación General dijese: “La presencia de Dios está convirtiendo este lugar en más y más solemne cada vez. Presumo que nadie entre nosotros ha estado jamás en una reunión como ésta”. ¿Cómo se habría sentido el lector, de haberse encontrado escuchando estas palabras?:

“Es tiempo de que el mensaje del tercer ángel alcance a toda nación del mundo…

Bien, ¿estamos preparados para ir? Siendo ese el mensaje, ¿no corresponde a cada uno de quienes lo profesan el estar dispuesto a ir hasta lo último de la tierra, cuando Dios lo llame a ir?… Son indignos de la confianza que Dios ha puesto en nosotros en el mensaje del tercer ángel, los que rechazan el llamado de Dios, de ir a la parte que sea del mundo, ¿no es así? Eso nos enfrenta una vez más a una consagración tal como no se haya visto jamás entre los adventistas. Nos emplaza ante una consagración en la que todo, el hogar, la familia, las propiedades, son entregados en las manos de Dios a fin de permitirle llamarnos y enviarnos o enviar nuestros medios donde él determine, y hacer lo que él juzgue oportuno con nosotros…

Estas cosas tal como ahora están, ejercen un impulso sobre la fe sincera mayor del que jamás hayan ejercido anteriormente… Os digo que atraen al hombre. Siento su atracción en mí. Bien, todo cuanto puedo decir, hermanos, es: permitamos que ejerzan su atracción” (Id. p. 110 y 111)

En la misma sesión, el pastor S.N. Haskell tenía similar convicción. Y más tarde fue hasta los lugares remotos de la tierra:

“Entonces, ¿qué haremos si somos poseedores de la gracia? Espero que dejaremos nuestras casas. Espero que estaremos felices de dejar nuestras casas y dedicarlas a la causa de nuestro Señor Jesucristo, y ser los medios para llevar la verdad hasta lo último de la tierra… Si nuestro interés es limitado, haremos unas pocas oraciones -y eso está bien; podemos también enviar algunos periódicos-. No está mal, pero ¿cuántos de nosotros nos daremos a nosotros mismos, rendiremos nuestros intereses y nuestras vidas para estar implicados de tal manera en la obra de Dios que nuestra práctica esté en total armonía con la obra del Señor y Salvador Jesucristo?” (Id., p. 131).

Algunos consagraron de esa manera su todo a Jesús. El mensaje tenía poder. Hasta fueron re-bautizados pastores ordenados [1]. Ese tipo de consagración hablará a los corazones de los pastores:

“Esa es la cuestión, no quién será el más grande en la Asociación, o quién será el mayor en la iglesia, o quién tendrá ésta o aquella posición en la Iglesia o el Consejo. No ciertamente, sino ¿quién se aproximará más a la semejanza con Cristo?” (Id., p. 169).

¿Es ahí donde estamos nosotros hoy?

¿Cuál era el contenido del mensaje de 1888, para tener tal gran poder de conmover los corazones?

Se puede resumir en una palabra: Cristo.

Finalmente, dos pastores adventistas habían vislumbrado el que debe ser nuestro gran tema para el mundo:

“Los adventistas del séptimo día debieran destacarse entre todos los que profesan ser cristianos, en cuanto a levantar a Cristo ante el mundo. La proclamación del mensaje del tercer ángel exige la presentación de la verdad del sábado. Esta verdad, junto con las otras incluidas en el mensaje, ha de ser proclamada; pero el gran centro de atracción, Cristo Jesús, no debe ser dejado a un lado. Es en la cruz de Cristo donde la misericordia y la verdad se encuentran, y donde la justicia y la paz se besan.

El pecador debe ser inducido a mirar al Calvario; con la sencilla fe de un niñito, debe confiar en los méritos del Salvador, aceptar su justicia, creer en su misericordia” (E.G. White, Obreros evangélicos, p. 164 y 165).

Nota:

1. W.S. Hayatt fue uno de ellos (Froom, Movement of Destiny, p. 257); También lo fueron el Dr. Daniel H. Kress y su esposa (ver Under the Guiding Hand, p. 112 y 113). [volver al texto]

¿Veremos en nuestra generación la gloria de Dios desplegada en la consumación de su obra?

Mensaje 1888: Cap. 1

Capítulo 1

¡Tiene que haber una explicación!

 

“¿Qué ha fallado?”, se pregunta el devoto judío ortodoxo, con angustia y perplejidad. Hasta el día de hoy, se siente sinceramente perplejo cuando medita absorto en las antiguas predicciones que hizo el Señor a Abraham, Isaac y Jacob. “¿Cuándo despertará el Dios de nuestros padres y cumplirá sus largamente esperadas promesas de enviar un Mesías a Israel? ¿Cuándo hará de Jerusalem el júbilo de toda la tierra? ¿O han sido acaso en vano nuestros grandes anhelos mesiánicos?”

Los judíos que tienen la fortuna de poder ir a los lugares santos de Jerusalem, se reúnen en el muro de las lamentaciones, en el ángulo sudoeste del antiguo enclave del templo. Allí se deshacen entonces en súplicas y lamentaciones al Dios de sus padres.

Nos gustaría darles un toque en el hombro y decirles: “Amigos, ¡podéis dejar de lamentaros! El Dios de Abraham, Isaac y Jacob no se ha dormido ni descuidado. Ha cumplido su promesa. ¡Envió fielmente al Mesías en Jesús de Nazaret! El único problema es que vuestros antecesores, no reconociéndole, lo crucificaron”.

¿Podría ser que para los devotos adventistas hubiese también una versión propia del muro de las lamentaciones?

Pondérese la cantidad sin fin de llamados y apelaciones hechas a los fieles para orar, en las semanas de oración anuales, los sermones de las sesiones de reavivamiento, las asambleas de la Asociación General y las anuales, para que el Señor cumpla su promesa y abra las ventanas del cielo para derramar sobre su pueblo los aguaceros refrescantes de la lluvia tardía. Desde que E. White describió su visión del 14 de mayo de 1851, relativa al “refrigerio” de la “lluvia tardía” (Primeros Escritos, p. 71), el adventismo ha acariciado la esperanza de que algún día Dios pueda finalmente otorgar la bendición y llevar la obra mundial de testificación a un final triunfante.

La lluvia tardía consistiría en el don último del Espíritu Santo para madurar el grano del evangelio para la cosecha, de la misma forma que las lluvias que precedían a la cosecha en la antigua Palestina permitían el cumplimiento de los sueños de los agricultores. La lluvia tardía desembocaría en el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel y la gloriosa iluminación de toda la tierra con su gloria. ¡Entonces podría venir el Señor con poder y gran gloria!

¿Por qué no han sido contestadas esas súplicas, pronunciadas durante más de un siglo? ¿Por qué sigue a cada convocación la sensación frustrante de no ver la lluvia tardía?

Esas son preguntas que se hacen las personas reflexivas, especialmente los jóvenes. ¿Por qué consagrarse a una vida de sacrificio si los anhelos escatológicos que albergaron los pioneros parecen tan remotos? Evidentemente, la segunda venida de Jesús no puede tener lugar hasta no producirse los eventos tan largamente esperados. Pero para muchos adventistas en muchos lugares, la segunda venida se desvanece en las sombras de la incertidumbre. Lo mismo que para los judíos devotos llorando por el regreso del Mesías, se trata de esperar contra toda esperanza que los pioneros no estuviesen después de todo equivocados. De hecho, el honor del Dios de los pioneros está en juego. ¿Es fiel? ¿Vive aún?

Seguramente, seres celestiales desean darnos un toque en el hombro y decirnos: “¡Cesad en vuestro lamento por las peticiones sin respuesta! Vuestras peticiones durante 130 años fueron ya contestadas. El Señor cumplió su promesa a los pioneros. Dios envió ya el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón. El único problema es que vuestros padres fallaron en reconocer el don celestial cuando éste fue otorgado, y lo rechazaron de la misma forma en que los judíos rechazaron al Mesías hace dos mil años”.

Una noticia tal es tan sorprendente para la mayor parte de los adventistas hoy, como lo sería su homóloga para los judíos en el muro de las lamentaciones. Y sin embargo, es cierta.

En el Índice de los escritos de E. White (Vol. 2, p. 1581) se encuentra un tenue indicio de tan tremenda noticia, bajo el epígrafe “Fuerte pregón”, de una forma que podríamos comparar al ligero temblor de tierra que en Qumran condujo al descubrimiento de la inmensa riqueza de los manuscritos de las cavernas ocultas. La entrada expresa llanamente: “El Fuerte pregón: comenzó ya en la revelación de la justicia de Cristo”. Siguiendo el índice, vamos a la declaración que se cita:

“El tiempo de prueba está precisamente delante de nosotros, pues el fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra” (Mensajes Selectos, vol. I, p. 425).

Lo anterior no es simplemente una oscura declaración de cierta bendición temporal concedida en algún momento de nuestra historia pasada, sino la sorprendente afirmación de que las brillantes promesas escatológicas acariciadas por nuestros pioneros en el adventismo desde 1851, tuvieron su cumplimiento en algún momento; al menos el “comienzo” de ellas.

La declaración anterior está tomada de un artículo de Review and Herald fechado el 22 de noviembre de 1892. “La revelación de la justicia de Cristo” es una clara referencia al mensaje de 1888, por entonces en su cuarto año de desconcertante periplo por nuestra historia. Tras la debida reflexión, una animosa E. White estuvo dispuesta a calificar en ese momento el mensaje como “el principio” del derramamiento final del Espíritu Santo que iluminaría la tierra con la gloria del cuarto ángel de Apocalipsis 18.

Pero esa declaración suscita ciertos problemas incómodos. Si la mensajera inspirada tuvo el discernimiento para reconocer el significado del mensaje de 1888, ¿por qué ha pasado un siglo desde entonces? Apenas tres años antes de que empezase a oírse el mensaje de 1888, E. White había declarado que cuando la lluvia tardía y el fuerte pregón comenzasen finalmente, “la obra se extendería como fuego en el rastrojo”. Realmente, “los movimientos finales serán rápidos” (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 280). Sin embargo, desde 1892, fecha en la que se hizo la declaración, ha habido un progreso dolorosamente lento. La gente está naciendo en el planeta tierra más rápidamente de lo que podemos alcanzarlos con el mensaje. Cada año que pasa nos deja con una obra cada vez mayor de testificación por completar.

El orgullo denominacional se puede racionalizar olvidando despreocupadamente el asunto, mediante predicamentos de gran progreso programático, pero la mayoría de los adventistas sinceros confesarán su seria convicción de que la tierra, sencillamente, no está todavía iluminada con la gloria del mensaje de ese “otro ángel”.

¿Qué ha fallado?

Cuatro años después de la declaración de 1892, E. White señaló con franqueza lo que había ocurrido. Se cerraba una era de brillante esperanza por una razón muy concreta:

“La falta de voluntad para renunciar a opiniones preconcebidas y aceptar esta verdad fue la principal base de la oposición manifestada en Minneapolis contra el mensaje del Señor expuesto por los hermanos [E.J.] Waggoner y [A.T.] Jones. Suscitando esa oposición, Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles. El enemigo les impidió que obtuvieran esa eficiencia que pudiera haber sido suya para llevar la verdad al mundo, tal como los apóstoles la proclamaron después del día de Pentecostés. Fue resistida la luz que ha de alumbrar toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos” (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276).

Analicemos esta declaración, hecha en 1896:

  • “El poder especial del Espíritu Santo” que Dios anhelaba impartir a nuestros hermanos en 1888 tenía un alcance verdaderamente pentecostal.
     
  • El mensaje habría proporcionado “eficiencia” en llevar las verdades adventistas “al mundo”, obviamente incluyendo las regiones musulmanas, budistas, hindúes y paganas. Habría permitido a la inexperta Iglesia Adventista, flaca en número y en recursos materiales, conocer la clase de éxito que disfrutaron los primeros apóstoles, “vencedor, para seguir venciendo” (Apoc. 6:2). Es evidente que había poder en el mensaje mismo.
     
  • La luz aportada por A.T. Jones y E.J. Waggoner fue un cumplimiento de la profecía del comienzo de la venida del poderoso cuarto ángel de Apocalipsis 18, gracias a cuya luz “la tierra [debía ser] alumbrada con su gloria”. Aquí radica el origen bíblico del término “fuerte pregón” o “fuerte clamor” (Apoc. 18:1 y 14:9).
     
  • “Satanás tuvo éxito” “en gran medida” en evitar que la luz fuese recibida por nuestros hermanos, manteniéndola así alejada del mundo. Ese simple hecho explica el siglo de esterilidad espiritual que ha sobrevenido a nuestra obra mundial misionera, incluyendo la pérdida de nuestra obra en China y la impotencia y frustración espiritual en muchas otras áreas. Si la lluvia tardía es refrigerio espiritual, ¡su ausencia debe significar sequía espiritual!
     
  • Los agentes que Satanás empleó para llevar a cabo su propósito fueron “nuestros propios hermanos”, cuyo “proceder” consistió en la resistencia y el rechazo. Debe reconocerse en justicia que “nuestros propios hermanos” se refería primariamente a los líderes de la Asociación local y general del momento, actuando en beneficio de la iglesia tal como hicieron los líderes judíos -en beneficio de su nación- al rechazar el tan esperado Mesías.
     
  • “Qué hacer con esas inquietantes realidades”, ha sido el tema de décadas de perplejidad. Anular la evidencia o evadir la verdad obvia no es la forma de encontrar la solución a nuestras dificultades. No satisfará jamás a las mentes sinceras.
     
  • Los judíos han tenido un problema similar desde hace siglos, intentando explicar a sus hijos por qué no ha aparecido el esperado Mesías. Ciertamente embarazoso. Cuando Joseph Wolff pidió insistentemente a su padre que le explicara quién era el Siervo Sufriente de Isaías 53, sino Cristo, su padre le prohibió terminantemente formular nunca más esa pregunta. ¡El único proceder seguro para nosotros, es recibir con agrado la plena exposición de la verdad! La iglesia no estará nunca motivada a terminar la obra mundial del evangelio hasta que tenga una comprensión exacta de por qué la venida del Señor ha sido diferida por tan largo tiempo, y renueve la confianza escatológica de los pioneros.

Seguramente se puede confeccionar una larga lista de razones para la demora [1]. Pero la solución directa a todas ellas iba a ser provista en el derramamiento verdaderamente pentecostal del Espíritu Santo en la lluvia tardía de 1888. Por lo tanto, el rechazo de esa solución inspirada para nuestros numerosos problemas constituye la causa básica del prolongado retraso, de igual modo que el problema básico que ha afligido a los judíos en los pasados dos mil años es su rechazo al Mesías. “1888” merece la atención especial de esta generación..

La comparación de nuestro rechazo de la luz en 1888, con el rechazo de Cristo por parte de los judíos, no es una comparación forzada. Desde el tiempo de la asamblea de 1888, y también en los años que siguieron, E. White se mostró persuadida de que estábamos repitiendo la tragedia de la incredulidad de los antiguos judíos:

“Cuando repaso la historia de la nación judía y veo la forma en que tropezaron por no andar en la luz, he venido a comprender dónde podemos ser llevados como pueblo si rechazáramos la luz que Dios nos da. Tenéis ojos y no veis, oídos y no oís. Ahora, hermanos, se nos ha enviado luz, y queremos estar donde podamos aferrarnos a ella… Veo vuestro peligro y os quiero prevenir…

Si los ministros no reciben la luz

[dada en la misma asamblea de 1888] , quiero dar al pueblo una oportunidad; quizá ellos puedan recibirla… Como la nación judía…” (Manuscrito 9, 1888; sermón dado el 24 de octubre de 1888; A.V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 292).

Ocho días más tarde, repitió:

“Cuando los judíos dieron el primer paso en el rechazo de Cristo, dieron un paso peligroso. Cuando posteriormente se acumuló la evidencia de que Jesús de Nazaret era el Mesías, tuvieron demasiado orgullo como para reconocer que habían errado.

…Ellos [los hermanos], lo mismo que los judíos, daban por sentado que poseían toda la verdad, y sentían cierta animadversión hacia quien pudiera suponer que tenía ideas más correctas que ellos mismos en cuanto a la verdad. Decidieron que toda la evidencia acumulada no tendría para ellos más peso que la paja, y enseñaron a otros que la doctrina no era verdadera, y más tarde, cuando vieron la luz, estaban tan abocados a condenar, tenían demasiado orgullo como para decir “me equivoqué”; acarician todavía la duda e incredulidad, y son demasiado orgullosos como para reconocer que sus convicciones…

No es conveniente para uno de estos hombres jóvenes [Jones o Waggoner] el entregarse a una decisión en este encuentro, donde la oposición, más que la investigación, está a la orden del día” (Manuscrito 95, 1888; sermón del 1 de noviembre de 1888; Olson, Through Crisis to Victory, p. 300 y 301).

En 1890, E. White llama la atención del pueblo al tema de “como los judíos”:

“Aquellos a quienes Cristo ha dotado de gran luz, a quienes Dios ha rodeado de preciosas oportunidades, están en peligro, si no andan en su luz, de llenarse de opiniones orgullosas y exaltación propia como lo fueron los judíos” (Review and Herald, 4 de febrero de 1890).

“Que no se nos encuentre entregados a subterfugios y a la colocación de perchas donde colgar las dudas en cuanto a la luz que Dios nos ha enviado. Cuando se lleva a vuestra atención un punto de doctrina que no comprendéis, poneos de rodillas, para que podáis comprender cuál es la verdad, y que no seáis hallados, como sucedió con los judíos, luchando contra Dios…

Durante cerca de dos años hemos alertado a la gente a venir y aceptar la luz y la verdad concerniente a la justicia de Cristo, y ésta no sabe qué hacer, si abrazar o no esa preciosa verdad” (Id, 11 de marzo de 1890).

“¿Por cuanto tiempo se mantendrán apartados del mensaje de Dios los que están a la cabeza de la obra?” (Id, 18 de marzo de 1890).

Si pudiéramos hacer algo por ayudar a los judíos en el muro de las lamentaciones, sería urgirles a estudiar de primera mano los registros existentes sobre Jesús de Nazaret, para que pudiesen ver en él el cumplimiento de las profecías que vanamente esperan en el futuro.

Sería igualmente sensato para nosotros que estudiásemos de primera mano el registro existente del propio mensaje de 1888, y permitiésemos que su gloriosa luz brillase en nuestros corazones hoy. El mensaje de 1888, tal como fue proclamado por los mensajeros originales enviados del cielo, abunda en conceptos que expanden la mente, y que son prácticamente desconocidos por la generación actual.

Una vez cumplido nuestro deber y habiendo comprendido bien cuál fue el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón, estaremos mejor preparados para comprender el presente, rechazar falsificaciones y engaños, y enfrentar el futuro con un mensaje restaurador para los hombres, que acelerará el retorno de nuestro Señor.

Ese es el propósito de este libro.

Nota:

L.E. Froom, en Movement of Destiny dedica dos extensos capítulos, el 1º y 2º, al tema de la “Demora de la segunda venida: motivos divinos desvelados” (p. 561-603). Su lectura lleva fácilmente a la confusión y el desánimo. La única solución simple a todos los problemas que han demorado el retorno de Cristo es la fe. Fe genuina, fe incondicional en Cristo. El mensaje de 1888 tenía por objeto remediar la falta de ella. [volver al texto]

Mensaje 1888: al lector

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Prefacio de Introducción al mensaje de 1888

Prefacio

 

En “Introducción al mensaje de 1888”, Robert J. Wieland aborda la historia del Adventismo del Séptimo Día, ahonda en verdades espirituales profundas y expone, en suma, la razón de la existencia de la iglesia. El libro responde a cuestiones que los creyentes sinceros se preguntan con creciente insistencia: ¿Por qué sigue transcurriendo el tiempo -y el pecado- década tras década, cuando podríamos estar ya en el Reino? ¿Qué ha obstaculizado la consumación de la obra del juicio y la purificación del santuario? ¿Por cuánto tiempo más hablaremos sobre la lluvia tardía antes de que tal bendición nos sea realmente concedida? ¿Llama Dios verdaderamente a la iglesia a una vida sin pecado?

El autor investiga y expone la evidencia, mostrando claramente cómo el Señor, en 1888, envió a los Adventistas del Séptimo Día un mensaje único y precioso más allá de cualquier valor terrenal. Fue un mensaje para preparar a sus hijos e hijas para la victoria en el conflicto final entre el bien y el mal, para prepararlos para la traslación. En este libro se evidencia la belleza, sencillez y veracidad del mensaje que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria.

El lector encontrará aquí las buenas nuevas, la esperanza y el ánimo que prepararán a la última generación para ser “santos” que “guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12). El libro expone asimismo el supremo “oficio” de Cristo: ¡el de Salvador! Su gracia preservará a los mortales de responder a las presiones del pecado, tanto internas como externas. El autor demuestra que el mensaje de 1888 no fue, ni es, una simple “doctrina”, sino más bien una experiencia viviente, con trascendencia vital en el mundo de iniquidad y corrupción de hoy.

El libro es fruto de muchos años de estudio, que tuvo su inicio hacia el final de la década de 1930. La investigación cristalizó posteriormente, constituyendo la base de un manuscrito no publicado, en 1950. Habiendo transcurrido todos estos años, se desvelan ahora el misterio, vaguedad, y en muchos casos, total ignorancia sobre aquella sesión de la Asociación General de 1888, y la iglesia entera tiene a su disposición las bendiciones contenidas en esta publicación. El mensaje está basado en la Biblia, la sabiduría e inspiración divinas de E. White, y el registro histórico impreso, así como manuscritos y cartas inéditas de los principales protagonistas de la época: A.T. Jones y E.J. Waggoner.

La obra está documentada pensando en el investigador riguroso, sin embargo atraerá, interesará y edificará igualmente al miembro inexperto. El contenido lleva a la conclusión de que el Adventismo tiene una contribución singular que hacer al mundo: una razón para su existencia que implica no ser meramente una iglesia más entre muchas otras. Teniendo en cuenta todo cuanto el Señor ha dicho a través de su mensajera, en relación con la gran bendición que comporta el mensaje de 1888, es evidente que la iglesia como un todo, incluyendo departamentos, personal, ministros y laicos, necesita grandemente las verdades espirituales resaltadas en este libro. Comprender esto, así como nuestra historia y sus implicaciones en la expiación final, es apreciar el verdadero significado del llamado de Dios al arrepentimiento que dirige a Laodicea.

Que Dios pueda valerse del mensaje contenido en este libro, a fin de que se pueda obtener la percepción espiritual necesaria para que de su fruto “el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón” de 1888. Entonces la iglesia reconocerá el plan divino y dará al mundo la luz que ha de iluminar toda la tierra con su gloria.

Diciembre, 1979   Donald K. Short

Mensaje de 1888

Prefacio

En “Introducción al mensaje de 1888”, Robert J. Wieland aborda la historia del Adventismo del Séptimo Día, ahonda en verdades espirituales profundas y expone, en suma, la razón de la existencia de la iglesia. El libro responde a cuestiones que los creyentes sinceros se preguntan con creciente insistencia: ¿Por qué sigue transcurriendo el tiempo -y el pecado- década tras década, cuando podríamos estar ya en el Reino? ¿Qué ha obstaculizado la consumación de la obra del juicio y la purificación del santuario? ¿Por cuánto tiempo más hablaremos sobre la lluvia tardía antes de que tal bendición nos sea realmente concedida? ¿Llama Dios verdaderamente a la iglesia a una vida sin pecado?

El autor investiga y expone la evidencia, mostrando claramente cómo el Señor, en 1888, envió a los Adventistas del Séptimo Día un mensaje único y precioso más allá de cualquier valor terrenal. Fue un mensaje para preparar a sus hijos e hijas para la victoria en el conflicto final entre el bien y el mal, para prepararlos para la traslación. En este libro se evidencia la belleza, sencillez y veracidad del mensaje que ha de alumbrar a toda la tierra con su gloria.

El lector encontrará aquí las buenas nuevas, la esperanza y el ánimo que prepararán a la última generación para ser “santos” que “guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12). El libro expone asimismo el supremo “oficio” de Cristo: ¡el de Salvador! Su gracia preservará a los mortales de responder a las presiones del pecado, tanto internas como externas. El autor demuestra que el mensaje de 1888 no fue, ni es, una simple “doctrina”, sino más bien una experiencia viviente, con trascendencia vital en el mundo de iniquidad y corrupción de hoy.

El libro es fruto de muchos años de estudio, que tuvo su inicio hacia el final de la década de 1930. La investigación cristalizó posteriormente, constituyendo la base de un manuscrito no publicado, en 1950. Habiendo transcurrido todos estos años, se desvelan ahora el misterio, vaguedad, y en muchos casos, total ignorancia sobre aquella sesión de la Asociación General de 1888, y la iglesia entera tiene a su disposición las bendiciones contenidas en esta publicación. El mensaje está basado en la Biblia, la sabiduría e inspiración divinas de E. White, y el registro histórico impreso, así como manuscritos y cartas inéditas de los principales protagonistas de la época: A.T. Jones y E.J. Waggoner.

La obra está documentada pensando en el investigador riguroso, sin embargo atraerá, interesará y edificará igualmente al miembro inexperto. El contenido lleva a la conclusión de que el Adventismo tiene una contribución singular que hacer al mundo: una razón para su existencia que implica no ser meramente una iglesia más entre muchas otras. Teniendo en cuenta todo cuanto el Señor ha dicho a través de su mensajera, en relación con la gran bendición que comporta el mensaje de 1888, es evidente que la iglesia como un todo, incluyendo departamentos, personal, ministros y laicos, necesita grandemente las verdades espirituales resaltadas en este libro. Comprender esto, así como nuestra historia y sus implicaciones en la expiación final, es apreciar el verdadero significado del llamado de Dios al arrepentimiento que dirige a Laodicea.

Que Dios pueda valerse del mensaje contenido en este libro, a fin de que se pueda obtener la percepción espiritual necesaria para que de su fruto “el comienzo de la lluvia tardía y el fuerte pregón” de 1888. Entonces la iglesia reconocerá el plan divino y dará al mundo la luz que ha de iluminar toda la tierra con su gloria.

Diciembre, 1979   Donald K. Short

Sobre el autor del libro: El mensaje de 1888

Sobre el autor y sobre el libro

 

En la Asamblea de la Asociación General Adventista que tuvo lugar en 1888, en Minneapolis (Minessota), los pastores A.T. Jones y E.J. Waggoner presentaron un mensaje de justificación por la fe que resultó ser causa de notable controversia. El mensaje no fue bienvenido por muchos de los delegados.

Sin embargo, E. White se refirió a él como “un muy precioso mensaje… que debe ser proclamado en alta voz, y asistido por el derramamiento en gran medida del Espíritu Santo”.

Durante décadas, el mensaje de 1888 ha fascinado a muchos adventistas, y sin embargo, para la mayoría de ellos, la comprensión del mismo ha estado envuelta en el más profundo misterio, cuando no desconocimiento. El pastor Robert J. Wieland, quien ha estudiado el mensaje por más de 55 años, introduce al lector en su contenido. Ésta obra está cuidadosamente documentada para el investigador. Sin embargo, está escrita en un estilo perfectamente comprensible para el laico. Estos son algunos de los temas tratados: “La comprensión de la justificación por la fe de los mensajeros de 1888”, “¿Es posible vivir sin pecar?”, y “¿Por qué es más fácil salvarse que perderse?, ¿o bien es cierto lo contrario?”.

Robert J. Wieland ha servido a la Iglesia como pastor, durante más de cincuenta años. Desde 1945 hasta 1965 trabajó como misionero en Kenya y Uganda. Posteriormente como pastor en la Asociación del Sudeste de California, y en 1979 regresó al África para servir como consultor editorial. Actualmente forma parte del “Comité para el estudio del mensaje de 1888”. Es autor de numerosos libros, entre ellos: “In Search of the Cross”, “The Backward Prayer”, “For a Better Africa”, “The Knocking at the Door”, “Lightened With His Glory”, “Grace on Trial”, “Corporate Repentance: Plea of the True Witness”, “1888 Re-examined” “Powerful Good News” y “The Gospel in Revelation”.

Este libro se publicó primeramente en 1980, por lo tanto se puede considerar como el primer libro escrito sobre “1888” –con excepción de ‘1888 RE-EXAMINED’ (Wieland-Short, compilado en 1950, publicado en 1987)-

Fue Southern Publishing Association quien lo publicó en el idioma original, bajo el título: The 1888 Message. An Introduction. Durante quince años -desde 1981 hasta 1996- ha sido publicado y distribuido por Review and Herald. En 1997 fue traducido al castellano, e impreso por Pacific Press. Actualmente es posible encontrarlo en las librerías de iglesia en ambos idiomas.