El tercer Elías

Esta extraordinaria conferencia grabada hace algunos años, es la primera de una serie que no tiene desperdicio. Para los que ya siguen las conferencias y estudios de El Gran Engaño,no les será difícil entender las temáticas, para los que entran por primera vez, y que no conocen nada del tema,  les aconsejo que comienzen desde la primera.

La tecnología y equipos de informática que tenía, este ahora Ministerio El Cuarto Angel, era en sus comienzos muy rudimentario, por decirlo de alguna manera, gracias a Dios hoy cuentan con mayor tecnología y conocimientos para poder brindar mejor calidad en la grabación y mayor agilidad en la publicación.

web: http://www.elgranenganyo.com/weboficial

 

 

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Mensaje 1888: Cap. 1

Capítulo 1

¡Tiene que haber una explicación!

 

“¿Qué ha fallado?”, se pregunta el devoto judío ortodoxo, con angustia y perplejidad. Hasta el día de hoy, se siente sinceramente perplejo cuando medita absorto en las antiguas predicciones que hizo el Señor a Abraham, Isaac y Jacob. “¿Cuándo despertará el Dios de nuestros padres y cumplirá sus largamente esperadas promesas de enviar un Mesías a Israel? ¿Cuándo hará de Jerusalem el júbilo de toda la tierra? ¿O han sido acaso en vano nuestros grandes anhelos mesiánicos?”

Los judíos que tienen la fortuna de poder ir a los lugares santos de Jerusalem, se reúnen en el muro de las lamentaciones, en el ángulo sudoeste del antiguo enclave del templo. Allí se deshacen entonces en súplicas y lamentaciones al Dios de sus padres.

Nos gustaría darles un toque en el hombro y decirles: “Amigos, ¡podéis dejar de lamentaros! El Dios de Abraham, Isaac y Jacob no se ha dormido ni descuidado. Ha cumplido su promesa. ¡Envió fielmente al Mesías en Jesús de Nazaret! El único problema es que vuestros antecesores, no reconociéndole, lo crucificaron”.

¿Podría ser que para los devotos adventistas hubiese también una versión propia del muro de las lamentaciones?

Pondérese la cantidad sin fin de llamados y apelaciones hechas a los fieles para orar, en las semanas de oración anuales, los sermones de las sesiones de reavivamiento, las asambleas de la Asociación General y las anuales, para que el Señor cumpla su promesa y abra las ventanas del cielo para derramar sobre su pueblo los aguaceros refrescantes de la lluvia tardía. Desde que E. White describió su visión del 14 de mayo de 1851, relativa al “refrigerio” de la “lluvia tardía” (Primeros Escritos, p. 71), el adventismo ha acariciado la esperanza de que algún día Dios pueda finalmente otorgar la bendición y llevar la obra mundial de testificación a un final triunfante.

La lluvia tardía consistiría en el don último del Espíritu Santo para madurar el grano del evangelio para la cosecha, de la misma forma que las lluvias que precedían a la cosecha en la antigua Palestina permitían el cumplimiento de los sueños de los agricultores. La lluvia tardía desembocaría en el fuerte pregón del mensaje del tercer ángel y la gloriosa iluminación de toda la tierra con su gloria. ¡Entonces podría venir el Señor con poder y gran gloria!

¿Por qué no han sido contestadas esas súplicas, pronunciadas durante más de un siglo? ¿Por qué sigue a cada convocación la sensación frustrante de no ver la lluvia tardía?

Esas son preguntas que se hacen las personas reflexivas, especialmente los jóvenes. ¿Por qué consagrarse a una vida de sacrificio si los anhelos escatológicos que albergaron los pioneros parecen tan remotos? Evidentemente, la segunda venida de Jesús no puede tener lugar hasta no producirse los eventos tan largamente esperados. Pero para muchos adventistas en muchos lugares, la segunda venida se desvanece en las sombras de la incertidumbre. Lo mismo que para los judíos devotos llorando por el regreso del Mesías, se trata de esperar contra toda esperanza que los pioneros no estuviesen después de todo equivocados. De hecho, el honor del Dios de los pioneros está en juego. ¿Es fiel? ¿Vive aún?

Seguramente, seres celestiales desean darnos un toque en el hombro y decirnos: “¡Cesad en vuestro lamento por las peticiones sin respuesta! Vuestras peticiones durante 130 años fueron ya contestadas. El Señor cumplió su promesa a los pioneros. Dios envió ya el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón. El único problema es que vuestros padres fallaron en reconocer el don celestial cuando éste fue otorgado, y lo rechazaron de la misma forma en que los judíos rechazaron al Mesías hace dos mil años”.

Una noticia tal es tan sorprendente para la mayor parte de los adventistas hoy, como lo sería su homóloga para los judíos en el muro de las lamentaciones. Y sin embargo, es cierta.

En el Índice de los escritos de E. White (Vol. 2, p. 1581) se encuentra un tenue indicio de tan tremenda noticia, bajo el epígrafe “Fuerte pregón”, de una forma que podríamos comparar al ligero temblor de tierra que en Qumran condujo al descubrimiento de la inmensa riqueza de los manuscritos de las cavernas ocultas. La entrada expresa llanamente: “El Fuerte pregón: comenzó ya en la revelación de la justicia de Cristo”. Siguiendo el índice, vamos a la declaración que se cita:

“El tiempo de prueba está precisamente delante de nosotros, pues el fuerte pregón del tercer ángel ya ha comenzado en la revelación de la justicia de Cristo, el Redentor que perdona los pecados. Este es el comienzo de la luz del ángel cuya gloria llenará toda la tierra” (Mensajes Selectos, vol. I, p. 425).

Lo anterior no es simplemente una oscura declaración de cierta bendición temporal concedida en algún momento de nuestra historia pasada, sino la sorprendente afirmación de que las brillantes promesas escatológicas acariciadas por nuestros pioneros en el adventismo desde 1851, tuvieron su cumplimiento en algún momento; al menos el “comienzo” de ellas.

La declaración anterior está tomada de un artículo de Review and Herald fechado el 22 de noviembre de 1892. “La revelación de la justicia de Cristo” es una clara referencia al mensaje de 1888, por entonces en su cuarto año de desconcertante periplo por nuestra historia. Tras la debida reflexión, una animosa E. White estuvo dispuesta a calificar en ese momento el mensaje como “el principio” del derramamiento final del Espíritu Santo que iluminaría la tierra con la gloria del cuarto ángel de Apocalipsis 18.

Pero esa declaración suscita ciertos problemas incómodos. Si la mensajera inspirada tuvo el discernimiento para reconocer el significado del mensaje de 1888, ¿por qué ha pasado un siglo desde entonces? Apenas tres años antes de que empezase a oírse el mensaje de 1888, E. White había declarado que cuando la lluvia tardía y el fuerte pregón comenzasen finalmente, “la obra se extendería como fuego en el rastrojo”. Realmente, “los movimientos finales serán rápidos” (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 280). Sin embargo, desde 1892, fecha en la que se hizo la declaración, ha habido un progreso dolorosamente lento. La gente está naciendo en el planeta tierra más rápidamente de lo que podemos alcanzarlos con el mensaje. Cada año que pasa nos deja con una obra cada vez mayor de testificación por completar.

El orgullo denominacional se puede racionalizar olvidando despreocupadamente el asunto, mediante predicamentos de gran progreso programático, pero la mayoría de los adventistas sinceros confesarán su seria convicción de que la tierra, sencillamente, no está todavía iluminada con la gloria del mensaje de ese “otro ángel”.

¿Qué ha fallado?

Cuatro años después de la declaración de 1892, E. White señaló con franqueza lo que había ocurrido. Se cerraba una era de brillante esperanza por una razón muy concreta:

“La falta de voluntad para renunciar a opiniones preconcebidas y aceptar esta verdad fue la principal base de la oposición manifestada en Minneapolis contra el mensaje del Señor expuesto por los hermanos [E.J.] Waggoner y [A.T.] Jones. Suscitando esa oposición, Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles. El enemigo les impidió que obtuvieran esa eficiencia que pudiera haber sido suya para llevar la verdad al mundo, tal como los apóstoles la proclamaron después del día de Pentecostés. Fue resistida la luz que ha de alumbrar toda la tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos” (Mensajes Selectos, vol. I, p. 276).

Analicemos esta declaración, hecha en 1896:

  • “El poder especial del Espíritu Santo” que Dios anhelaba impartir a nuestros hermanos en 1888 tenía un alcance verdaderamente pentecostal.
     
  • El mensaje habría proporcionado “eficiencia” en llevar las verdades adventistas “al mundo”, obviamente incluyendo las regiones musulmanas, budistas, hindúes y paganas. Habría permitido a la inexperta Iglesia Adventista, flaca en número y en recursos materiales, conocer la clase de éxito que disfrutaron los primeros apóstoles, “vencedor, para seguir venciendo” (Apoc. 6:2). Es evidente que había poder en el mensaje mismo.
     
  • La luz aportada por A.T. Jones y E.J. Waggoner fue un cumplimiento de la profecía del comienzo de la venida del poderoso cuarto ángel de Apocalipsis 18, gracias a cuya luz “la tierra [debía ser] alumbrada con su gloria”. Aquí radica el origen bíblico del término “fuerte pregón” o “fuerte clamor” (Apoc. 18:1 y 14:9).
     
  • “Satanás tuvo éxito” “en gran medida” en evitar que la luz fuese recibida por nuestros hermanos, manteniéndola así alejada del mundo. Ese simple hecho explica el siglo de esterilidad espiritual que ha sobrevenido a nuestra obra mundial misionera, incluyendo la pérdida de nuestra obra en China y la impotencia y frustración espiritual en muchas otras áreas. Si la lluvia tardía es refrigerio espiritual, ¡su ausencia debe significar sequía espiritual!
     
  • Los agentes que Satanás empleó para llevar a cabo su propósito fueron “nuestros propios hermanos”, cuyo “proceder” consistió en la resistencia y el rechazo. Debe reconocerse en justicia que “nuestros propios hermanos” se refería primariamente a los líderes de la Asociación local y general del momento, actuando en beneficio de la iglesia tal como hicieron los líderes judíos -en beneficio de su nación- al rechazar el tan esperado Mesías.
     
  • “Qué hacer con esas inquietantes realidades”, ha sido el tema de décadas de perplejidad. Anular la evidencia o evadir la verdad obvia no es la forma de encontrar la solución a nuestras dificultades. No satisfará jamás a las mentes sinceras.
     
  • Los judíos han tenido un problema similar desde hace siglos, intentando explicar a sus hijos por qué no ha aparecido el esperado Mesías. Ciertamente embarazoso. Cuando Joseph Wolff pidió insistentemente a su padre que le explicara quién era el Siervo Sufriente de Isaías 53, sino Cristo, su padre le prohibió terminantemente formular nunca más esa pregunta. ¡El único proceder seguro para nosotros, es recibir con agrado la plena exposición de la verdad! La iglesia no estará nunca motivada a terminar la obra mundial del evangelio hasta que tenga una comprensión exacta de por qué la venida del Señor ha sido diferida por tan largo tiempo, y renueve la confianza escatológica de los pioneros.

Seguramente se puede confeccionar una larga lista de razones para la demora [1]. Pero la solución directa a todas ellas iba a ser provista en el derramamiento verdaderamente pentecostal del Espíritu Santo en la lluvia tardía de 1888. Por lo tanto, el rechazo de esa solución inspirada para nuestros numerosos problemas constituye la causa básica del prolongado retraso, de igual modo que el problema básico que ha afligido a los judíos en los pasados dos mil años es su rechazo al Mesías. “1888” merece la atención especial de esta generación..

La comparación de nuestro rechazo de la luz en 1888, con el rechazo de Cristo por parte de los judíos, no es una comparación forzada. Desde el tiempo de la asamblea de 1888, y también en los años que siguieron, E. White se mostró persuadida de que estábamos repitiendo la tragedia de la incredulidad de los antiguos judíos:

“Cuando repaso la historia de la nación judía y veo la forma en que tropezaron por no andar en la luz, he venido a comprender dónde podemos ser llevados como pueblo si rechazáramos la luz que Dios nos da. Tenéis ojos y no veis, oídos y no oís. Ahora, hermanos, se nos ha enviado luz, y queremos estar donde podamos aferrarnos a ella… Veo vuestro peligro y os quiero prevenir…

Si los ministros no reciben la luz

[dada en la misma asamblea de 1888] , quiero dar al pueblo una oportunidad; quizá ellos puedan recibirla… Como la nación judía…” (Manuscrito 9, 1888; sermón dado el 24 de octubre de 1888; A.V. Olson, Through Crisis to Victory, p. 292).

Ocho días más tarde, repitió:

“Cuando los judíos dieron el primer paso en el rechazo de Cristo, dieron un paso peligroso. Cuando posteriormente se acumuló la evidencia de que Jesús de Nazaret era el Mesías, tuvieron demasiado orgullo como para reconocer que habían errado.

…Ellos [los hermanos], lo mismo que los judíos, daban por sentado que poseían toda la verdad, y sentían cierta animadversión hacia quien pudiera suponer que tenía ideas más correctas que ellos mismos en cuanto a la verdad. Decidieron que toda la evidencia acumulada no tendría para ellos más peso que la paja, y enseñaron a otros que la doctrina no era verdadera, y más tarde, cuando vieron la luz, estaban tan abocados a condenar, tenían demasiado orgullo como para decir “me equivoqué”; acarician todavía la duda e incredulidad, y son demasiado orgullosos como para reconocer que sus convicciones…

No es conveniente para uno de estos hombres jóvenes [Jones o Waggoner] el entregarse a una decisión en este encuentro, donde la oposición, más que la investigación, está a la orden del día” (Manuscrito 95, 1888; sermón del 1 de noviembre de 1888; Olson, Through Crisis to Victory, p. 300 y 301).

En 1890, E. White llama la atención del pueblo al tema de “como los judíos”:

“Aquellos a quienes Cristo ha dotado de gran luz, a quienes Dios ha rodeado de preciosas oportunidades, están en peligro, si no andan en su luz, de llenarse de opiniones orgullosas y exaltación propia como lo fueron los judíos” (Review and Herald, 4 de febrero de 1890).

“Que no se nos encuentre entregados a subterfugios y a la colocación de perchas donde colgar las dudas en cuanto a la luz que Dios nos ha enviado. Cuando se lleva a vuestra atención un punto de doctrina que no comprendéis, poneos de rodillas, para que podáis comprender cuál es la verdad, y que no seáis hallados, como sucedió con los judíos, luchando contra Dios…

Durante cerca de dos años hemos alertado a la gente a venir y aceptar la luz y la verdad concerniente a la justicia de Cristo, y ésta no sabe qué hacer, si abrazar o no esa preciosa verdad” (Id, 11 de marzo de 1890).

“¿Por cuanto tiempo se mantendrán apartados del mensaje de Dios los que están a la cabeza de la obra?” (Id, 18 de marzo de 1890).

Si pudiéramos hacer algo por ayudar a los judíos en el muro de las lamentaciones, sería urgirles a estudiar de primera mano los registros existentes sobre Jesús de Nazaret, para que pudiesen ver en él el cumplimiento de las profecías que vanamente esperan en el futuro.

Sería igualmente sensato para nosotros que estudiásemos de primera mano el registro existente del propio mensaje de 1888, y permitiésemos que su gloriosa luz brillase en nuestros corazones hoy. El mensaje de 1888, tal como fue proclamado por los mensajeros originales enviados del cielo, abunda en conceptos que expanden la mente, y que son prácticamente desconocidos por la generación actual.

Una vez cumplido nuestro deber y habiendo comprendido bien cuál fue el principio de la lluvia tardía y el fuerte pregón, estaremos mejor preparados para comprender el presente, rechazar falsificaciones y engaños, y enfrentar el futuro con un mensaje restaurador para los hombres, que acelerará el retorno de nuestro Señor.

Ese es el propósito de este libro.

Nota:

L.E. Froom, en Movement of Destiny dedica dos extensos capítulos, el 1º y 2º, al tema de la “Demora de la segunda venida: motivos divinos desvelados” (p. 561-603). Su lectura lleva fácilmente a la confusión y el desánimo. La única solución simple a todos los problemas que han demorado el retorno de Cristo es la fe. Fe genuina, fe incondicional en Cristo. El mensaje de 1888 tenía por objeto remediar la falta de ella. [volver al texto]

EL SABADO: ¿Que es esto?

¿Qué es esto?

Y al amanecer había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, he aquí que sobre la superficie del desierto había una sustancia menuda, escamosa y fina como la escarcha sobre la tierra. Al verla, los hijos de Israel se preguntaron unos a otros:

¿Qué es esto?

Pues no sabían lo que era. Entonces Moisés les dijo: Es el pan que Jehová os da para comer.(Ex.16:13-15) “Y era como simiente de culantro, blanco.” El pueblo lo llamó maná…” El pueblo recogió el maná, y encontraron que había abundante provisión para todos. “Molían en molinos, o majaban en morteros, y lo cocían en caldera, o hacían de él tortas;” y era “su sabor como de hojuelas con miel. ” (Núm. 11: 8.) Se les ordenó recoger diariamente un gomer para cada persona; y de él no habían de dejar nada para el otro día. Algunos trataron de guardar una provisión para el día siguiente, pero hallaron entonces que ya no era bueno para comer. La provisión para el día debía juntarse por la mañana; pues todo lo que permanecía en el suelo era derretido por el sol.
Al recoger el maná, algunos llevaban más y otros menos de la cantidad indicada; pero “medíanlo por gomer, y no sobraba al que había recogido mucho, ni faltaba al que había recogido poco.

Al sexto día el pueblo recogió dos gomeres por persona. Los jefes inmediatamente hicieron saber a Moisés lo que había pasado. Su contestación fue: “Esto es lo que ha dicho Jehová: Mañana es el santo Sábado, el reposo de Jehová: lo que hubierais de cocer, cocedlo hoy, y lo que hubierais de cocinar, cocinadlo; y todo lo que es sobrare, guardadlo para mañana.” Así lo hicieron, y vieron que no se echó a perder. Y Moisés dijo: “Comedlo hoy, porque hoy es Sábado de Jehová: hoy no hallaréis en el campo. En los seis días lo recogeréis; mas el séptimo día es Sábado, en el cual no se hallará.
Dios requiere que hoy su Santo D ía se observe tan sagradamente como en el tiempo de Israel. El mandamiento que se dio a los hebreos debe ser considerado por todos los cristianos como una orden de parte de Dios para ellos. El día anterior al Sábado debe ser un día de preparación a fin de que todo esté listo para sus horas sagradas.

Cada semana, durante su largo peregrinaje en el desierto, los israelitas presenciaron un triple milagro que debía inculcarles la santidad del Sábado: cada sexto día caía doble cantidad de maná, nada caía el día séptimo, y la porción necesaria para el sábado se conservaba dulce sin descomponerse, mientras que si se guardaba los otros días, se descomponía.
En las circunstancias relacionadas con el envío del maná, tenemos evidencia conclusiva de que el sábado no fue instituido, como muchos alegan, cuando la ley se dio en el Sinaí. Antes de que los israelitas llegaran al Sinaí, comprendían perfectamente que tenían la obligación de guardar el Sábado. Al tener que recoger cada viernes doble porción de maná en preparación para el Sábado, día en que no caía, la naturaleza sagrada del día de descanso les era recordada de continuo. Y cuando parte del pueblo salió en Sábado a recoger maná, el Señor preguntó: “¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?”

“Acuérdate del día del sábado”

Poco tiempo después de acampar junto al Sinaí, se le indicó a Moisés que subiera al monte a encontrarse con Dios. Trepó solo el escabroso y empinado sendero, y llegó cerca de la nube que señalaba el lugar donde estaba Jehová. El mensaje que se le dio a Moisés para el pueblo fue el siguiente: “Vosotros visteis lo que hice a los Egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros seréis mi reino de sacerdotes, y gente santa.” (Véase Éxodo 19-25)
Moisés regresó al campamento, y reuniendo a los ancianos de Israel, les repitió el mensaje divino. Nuevamente el caudillo ascendió a la montaña; y el Señor le dijo: “He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y también para que te crean para siempre.
A la mañana del tercer día, cuando los ojos de todo el pueblo estaban vueltos hacia el monte, la cúspide se cubrió de una espesa nube que se fue tornando más negra y más densa, y descendió lista que toda la montaña quedó envuelta en tinieblas y en pavoroso misterio.

Entonces se escuchó un sonido como de trompeta, que llamaba al pueblo a encontrarse con Dios; y Moisés los condujo hasta el pie del monte. De la espesa oscuridad surgían vividos relámpagos, mientras el fragor de los truenos retumbaba en las alturas circundantes. “Y todo el monte de Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego: y el humo de él subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremeció en gran manera.” “Y el parecer de la gloria de Jehová era como un fuego abrasador en la cumbre del monte,” ante los ojos de la multitud allí congregada. “Y el sonido de la bocina iba esforzándose en extremo.” Tan terribles eran las señales de la presencia de Jehová que las huestes de Israel temblaron de  miedo, y cayeron sobre sus rostros ante el Señor. Aún Moisés exclamó: “Estoy asombrado y temblando” (Heb. 12: 21.)

Jehová se reveló, no sólo en su tremenda majestad como juez y legislador, sino también como compasivo guardián de su pueblo: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de siervos.” Aquel a quien ya conocían como su guía y libertador, quien los había sacado de Egipto, abriéndoles un camino en la mar, derrotando a Faraón y a sus huestes, quien había demostrado que estaba por sobre los dioses de Egipto, era el que ahora proclamaba su ley.

Son diez preceptos, breves, abarcantes, y autorizados, que incluyen los deberes del hombre hacia Dios y hacia sus semejantes; y todos se basan en el gran principio fundamental del amor. “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento; y a tu prójimo como a ti mismo.” (Luc. 10: 27; véase también Deut. 6:4, 5; Lev. 19: 18.) En los diez mandamientos estos principios se expresan en detalle, y se presentan en forma aplicable a la condición y circunstancias del hombre.

“No tendrás otros dioses delante de mí.”

“No harás para ti imagen de escultura, ni figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni de las que hay en las aguas debajo de la tierra. No las adorarás ni rendirás culto.”

“No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios: porque no dejará el Señor sin castigo al que tomare en vano el nombre del Señor Dios suyo.”


“Acuérdate de santificar el día de Sábado. Los seis días trabajarás, y harás todas tus labores: mas el día séptimo es Sábado, o fiesta del Señor Dios tuyo. Ningún trabajo harás en él, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu criado, ni tu criada, ni tus bestias de carga, ni el extranjero que habita dentro  de tus puertas o poblaciones. Por cuanto el Señor en seis días hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las cosas que hay en ellos, y descansó en el día séptimo: por esto bendijo el Señor el día S ábado, y le santificó.”

 

Aquí no se presenta el sábado como una institución nueva, sino como establecido en el tiempo de la creación del mundo. Hay que recordar y observar el Sábado como monumento de la obra del Creador. Al señalar a Dios como el Hacedor de los cielos y de la tierra, el Sábado distingue al verdadero Dios de todos los falsos dioses. Todos los que guardan el séptimo día demuestran al hacerlo que son adoradores de Jehová. Así el Sábado será la señal de lealtad del hombre hacia Dios mientras haya en la tierra quien le sirva.
El cuarto mandamiento es, entre todos los diez, el único que contiene tanto el nombre como el título del Legislador. Es el único que establece por autoridad de quién se dio la ley. Así, contiene el sello de Dios, puesto en su ley como prueba de su autenticidad y de su vigencia.
Dios ha dado a los hombres seis días en que trabajar, y requiere que su trabajo sea hecho durante esos seis días laborables. En el Sábado pueden hacerse las obras absolutamente necesarias y las de misericordia. A los enfermos y dolientes hay que cuidarlos todos los días, pero se ha de evitar rigurosamente toda labor innecesaria.

“Si retrajeras del Sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y al Sábado llamares delicias, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no haciendo tus caminos, ni buscando tu voluntad.” (Isa. 58: 13.)
No acaba aquí la prohibición. “Ni hablando tus palabras,” dice el profeta.

Los que durante el Sábado hablan de negocios o hacen proyectos, son considerados por Dios como si realmente realizaran transacciones comerciales. Para santificar el Sábado, no debiéramos siquiera permitir que nuestros pensamientos se detengan en cosas de carácter mundanal. Y el mandamiento incluye a todos los que están dentro de nuestras puertas. Los habitantes de la casa deben dejar sus negocios terrenales durante las horas sagradas. Todos debieran estar unidos para honrar a Dios y servirle voluntariamente en su santo día.

Guia abreviada del mensaje de 1888 – E.J.Waggoner

 

Guía abreviada del mensaje de 1888

Importancia de su comprensión

Una creciente inquietud asalta a muchos: ‘¿Es tan importante el mensaje de 1888 como para que le dedique mi tiempo?’

Sí. Lo es. Es aquello por lo que clama el hambriento corazón de todo el que espera la segunda venida, en el mundo entero. ¿Cuál es la razón por la que impacta como el destello de un relámpago? El mensaje fue “el principio” de una explosión rebosante del Espíritu, sin precedentes desde los días de Pentecostés. Fue el comienzo de “los aguaceros de la lluvia tardía provenientes del cielo”. Era el refrigerio de las buenas nuevas que ansiaban por doquier los corazones enfermos de sequía.

“La tierra” iba a ser “alumbrada de su gloria”. Efectivamente, una luz debe alumbrar el Islam, el hinduismo, el catolicismo, el protestantismo y el paganismo. “Otra voz del cielo” debe abrirse paso hasta cada alma humana: “Salid de ella [Babilonia], pueblo mío”, dando cumplimiento a la tan esperada profecía de Apocalipsis 18. Nuestro emblema debería incluir un “poderoso” cuarto ángel, junto a los tres habituales en fachadas de iglesias y escuelas.

¿Es tan importante el mensaje? Desde que los apóstoles del primer siglo revolucionaron “todo el mundo” (Hech. 17:6), ningún mensaje ha cumplido una obra tal, si bien el “clamor de media noche” de 1844 le estuvo cerca. El Señor tenía la determinación de preparar un pueblo allí mismo, para enfrentar los últimos acontecimientos de la historia. La orden del día no era “prepararse para la muerte”, sino “prepararse para la traslación”.

Lo menos que cabe decir es que resulta inquietante.

Pero el mensaje del Señor no consistía en una aterradora exigencia: “¡Haced lo imposible!” No era un viaje hacia el “hágalo usted mismo” bajo la presión del temor, sino que era una experiencia de fe. Como el rocío al descender sobre los campos sedientos, el mensaje fue una refrescante lluvia de gracia que “sobreabundó” mucho más que todo el abundante pecado que el diablo pueda inventar. Le cautivaba a uno el corazón. Comenzó a propagarse el resplandor de una gozosa esperanza, porque uno veía el carácter de Dios de una forma distinta. E. White lo describió como si al doblar una esquina uno se encontrase cara a cara con Jesús sonriéndole, no frunciendo el ceño, “un Salvador cercano, a la mano; no alejado” que nos cogiese por la mano y dijese: “¡Venga!, ¡vamos al cielo!” Las buenas nuevas de la Biblia encendieron una luz de ensueño en los corazones desanimados. ¡Fue sorprendente! Los adolescentes eran ganados al evangelio. Dios no estaba procurando impedirle a uno la entrada al cielo, sino que lo estaba preparando para ir allí. Cada oscura página de la Biblia comenzó a iluminarse con la luz de las buenas nuevas.

¿No debiéramos haber recibido un mensaje tal con regocijo desbordante? Ciertamente, y las nuevas de los pastores sobre el nacimiento del Mesías en Belén deberían haber hecho venir a los sacerdotes en masa desde Jerusalem, para darle la bienvenida. Pero “nos” sucedió algo extraño, lo mismo que a ellos. Excepción hecha de una pequeña minoría de oyentes, el mensaje tuvo la misma acogida por “nuestra” parte hace cien años, que la que tuvo Jesús por parte de los judíos hace dos milenios. Una pluma inspirada dice que si Cristo se hubiese hallado físicamente en persona, le “habríamos” tratado como lo hicieron los judíos.

¿En qué consistió el mensaje propiamente dicho?

¿Fue meramente la enseñanza habitual Evangélica que hemos oído durante toda la vida? “Jesús me ama, lo sé. Debemos procurar mejorar. Pecamos, y Jesús nos perdona, ¿por qué re-inventar la rueda?” Algunos de nuestros propios teólogos han pensado sinceramente que el mensaje de 1888 no era sino un renovado énfasis en las enseñanzas de la Reforma del siglo XVI, o de las de los grupos evangélicos de nuestros días.

Pero tras la superficie se esconde algo diferente. E. White comprendió que el mensaje de 1888 fue mucho más allá que el de las iglesias populares guardadoras del domingo. Era “el mensaje del tercer ángel en verdad”, “nueva luz”, “un mensaje que es verdad actual para este tiempo”, “luz del cielo”, “la luz que debe alumbrar la tierra con su gloria”. No era solamente que Jesús perdona el pecado; además, él nos salva del poder y esclavitud del pecado, ahora mismo. Hay esperanza hasta para los adictos. Era el mensaje del evangelio más abarcante que el mundo moderno haya oído, ya que estaba basado en la verdad de la purificación del santuario. He aquí algunas de las ideas prominentes que recupera el mensaje de 1888:

1. Un enfoque refrescante de la justificación por la fe. La idea predominante hace cien años (y también ahora) era que la justificación por la fe es solamente el perdón por los pecados pasados, una maniobra legal por parte de Dios, que le quita a uno la culpa, pero que deja al pecador que cree “en punto muerto”. No hay progreso real en cuanto a vencer el pecado, hasta la santificación. Pero el mensaje de 1888 vio mucho más. Lo que llenó de gozo el corazón de E. White cuando ésta oyó el mensaje, es que la justificación hace al creyente obediente a todos los mandamientos de Dios. Obra lo que muchos creen que es exclusivo de la santificación. ¡No hace falta esperar a la santificación para saber lo que es guardar esos mandamientos! En la genuina justificación por la fe, el corazón es reconciliado con Dios; no es meramente un acto judicial que declara la absolución de los pecados pasados. Esa mejor comprensión significa que uno disfruta ya de la victoria sobre el pecado, ya que es imposible que el corazón sea reconciliado con Dios sin serlo al mismo tiempo con su santa ley. Esa poderosa verdad de piedad práctica descansa sobre el firme fundamento de otra verdad no menos refrescante:

2. Una nueva perspectiva de la cruz de Cristo. Comenzó en 1882, en una experiencia en la que el joven E.J. Waggoner tuvo una vislumbre de la cruz, como centro y sustancia del mensaje del tercer ángel. Cuando Cristo dio su sangre por los pecados del mundo, redimió a la raza humana perdida. Nadie está exento de una implicación íntima, ya que de otro modo no habría sido cierto “que por gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Heb. 2:9). En otras palabras, Cristo murió la segunda muerte de toda persona, su castigo final por el pecado.

Y realizó todo ello antes de que tuviéramos la mínima oportunidad de decir sí o no. Jesús se implicó a sí mismo con el alma de todo hombre, hasta el nivel más profundo del ser de éste, hasta esa fuente oculta de su miedo íntimo y personal a la muerte eterna. El sacrificio de Cristo lo ha librado ya de ese temor, que lo tenía esclavizado “por toda la vida” (vers. 14 y 15). El pecador puede resistirlo y rechazarlo para su propia perdición, ya que Cristo no fuerza a nadie a ser salvo.

Dice Isaías: “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Pablo declara que “es Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen”. Y Juan añade que “él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (Isa. 53:6; 1 Tim. 4:10; 1 Juan 2:2).

¿Acaso Cristo no hace nada por nosotros hasta que iniciamos el proceso y lo elegimos como nuestro Salvador personal? ¿Es solamente un Salvador posible, con un gran SI… condicional? ¿Es que el pecador debe hacer primeramente algo, como creer, u obedecer los mandamientos, a fin de convertir a Cristo en su Salvador? ¿Funcionamos acaso como co-salvadores, ayudando a salvarnos a nosotros mismos? El mensaje de 1888 dice: No, el sacrificio de Cristo es más que simplemente provisional. Es efectivo en tanto en cuanto compró nuestra vida actual y todo cuanto poseemos y somos; todavía más, compró la salvación eterna en favor nuestro y nos la dio en el don de sí mismo, (si bien podemos rechazarla, habiendo Cristo cumplido todo lo necesario).

La parálisis espiritual de la tibieza se origina en lo más hondo de nosotros, en la consideración de Cristo como de un banco que no hace nada, hasta que ingresamos previamente un depósito. Lo convertimos en alguien impersonal, distante. A nosotros toca dar el primer paso. Es decir, hacemos depender nuestra salvación de nuestra propia iniciativa. Sin embargo, en realidad Cristo hizo ya el depósito de vida eterna con todas sus bendiciones, ingresándolos inmerecidamente en nuestra cuenta bancaria. Son ya nuestros “en él”. Ahora, hagamos efectivo el cheque y reconozcamos la bendición, por fe. Una fe tal “obra por el amor” y produce en sí misma obediencia interna y externa a aquel que lo dio todo por nosotros. Todo lo anterior está incluido en la experiencia de la justificación por la fe.

La consecuencia es que la única razón por la que alguien puede finalmente perderse es por haber resistido y rechazado lo que Cristo realizó ya en su favor. Por la incredulidad, puede malograr deliberadamente el don que Dios puso en sus manos. Esa incredulidad es el pecado de los pecados, y es el pecado universal del mundo. En otras palabras: si alguien finalmente se salva, será debido a la iniciativa de Dios; si se pierde, se deberá a su propia iniciativa. ¡Se trata de dejar de resistir su gracia!

¿Por qué es tan importante comprender eso? Porque el temor, como motivación, carece del poder necesario para preparar un pueblo para el regreso de Cristo. Puede despertar temporalmente a algunos, pero nada más. Hay una motivación superior que E. White describió:

  • “Se nos señala la brevedad del tiempo para estimularnos a buscar la justicia y convertir a Cristo en nuestro amigo. Pero éste no es el gran motivo. Tiene sabor a egoísmo. ¿Es necesario que se nos señalen los terrores del día de Dios para compelirnos por el miedo a obrar correctamente? Esto no debería ser así. Jesús es atractivo. Está lleno de amor, misericordia y compasión.”
  • “No es el temor al castigo, o la esperanza de la recompensa eterna, lo que induce a los discípulos de Cristo a seguirle. Contemplan el amor incomparable del Salvador, revelado en su peregrinación en la tierra, desde el pesebre de Belén hasta la cruz del Calvario, y la visión del Salvador atrae, enternece y subyuga el alma.”
  • 3. Más buenas nuevas. El sacrificio de Cristo revirtió para todos los hombres la “condenación” que pesaba sobre todos nosotros “en Adán”. Literalmente, salvó al mundo de un suicidio prematuro que el pecado nos habría deparado. La cruz del Calvario está estampada en cada pan. “Nadie, santo o pecador, come su alimento diario sin ser nutrido por el cuerpo y la sangre de Cristo.” Cuando esta gran verdad se clarifica, aparece por doquier en la Biblia:

  • Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo… y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo (Juan 6:33,51)
  • Pero el delito de Adán no puede compararse con el don que hemos recibido de Dios… El pecado de un solo hombre no puede compararse con el don de Dios, pues por aquel solo pecado vino la condenación, pero por el don de Dios los hombres son declarados libres de sus muchos pecados… Y así como el delito de Adán puso bajo condenación a todos los hombres, el acto justo de Jesucristo ha traído a todos los hombres una vida libre de condenación (Rom. 5:15-18. V. Dios habla hoy)
  • ¡Una poderosa motivación!

    El resultado práctico de creer esas buenas nuevas es que al experimentar la justificación por la fe, se produce ya en nosotros un cambio de corazón. Estábamos alejados de Dios, en enemistad con él; ahora lo vemos como a un Amigo. Dicho de otra forma, “hemos ahora recibido la reconciliación” (Rom. 5:7-11), o “hemos llegado a tener paz con Dios” (Id., V. Dios habla hoy), somos reconciliados con él, recibimos la expiación. ¡Hemos sido redimidos de la muerte eterna! Es como si alguien, estando en un pelotón de fusilamiento, fuese liberado en el último instante. Como dice Pablo, “presentaos a Dios como vivos de los muertos”. El fatigado corazón se ve libre de la carga, cuando fluye esa “paz con Dios”. De ahora en adelante, no nos parecerá difícil ningún sacrificio hecho para Aquel que sabemos que nos salvó ya de la destrucción misma.

    Un amor tal nos constriñe a vivir para él, convirtiendo en realmente fácil ser salvo, y difícil perderse. Esa noción impregnada de buenas nuevas, constituye una parte esencial del mensaje de 1888 de la justicia de Cristo (Mat. 11:28-30; Hech. 26:14).

    ¿Parece demasiado bueno para ser cierto? E. White amaba profundamente esas buenas nuevas. Su ilustración predilecta era la proclamación de emancipación de los esclavos en la que, bajo el mandato de Abraham Lincoln –el 1º de enero de 1863–, se declaró legalmente libres a todos los esclavos de los territorios confederados. Sin embargo, ninguno de ellos experimentó la libertad hasta que oyó las buenas nuevas, las creyó, y obró en consecuencia. E. White comprendió que ese mensaje del evangelio significaría el fin de la omnipresente tibieza. El gozo que le produjo le impedía conciliar el sueño en la noche.

    4. Una bendición adicional. Observándola ahora con más detenimiento, la justificación por la fe resulta ser mucho más que una declaración legal de absolución. Siendo que hace obediente a todos los mandamientos de Dios al pecador que cree, la bendición incluye el cuarto mandamiento (el sábado). El sello de Dios es el secreto para vencer las innumerables adicciones de las que la raza humana pecadora está plagada. Para todo aquel que cree realmente el evangelio, resulta imposible continuar viviendo en pecado, que es transgresión de la ley de Dios. Muchos sinceros guardadores del domingo empezarán gozosos a guardar el sábado del séptimo día cuando lo vean en su relación con la justificación por la fe, y la purificación del santuario que comenzó en 1844. Se nos señaló que la verdad del sábado deja de traer convicción a los corazones, a menos que se la presente relacionada con la purificación del santuario.

    5. Pero existe un problema. Todo lo anterior deja todavía una percha donde colgar las dudas, hasta que podamos comprender qué es la fe realmente. ¿Es un deseo egoísta de recompensa celestial, combinado con el afán por escapar del infierno? Todos admitimos que el deseo de poseer una magnífica mansión en esta tierra conlleva una motivación egocéntrica. Pero cuando uno se hace cristiano, ¿es que simplemente transfiere su deseo de vivir en la opulencia y el bienestar, a la expectativa de ocupar una posición todavía mejor, en el cielo? De ser así, la motivación sigue estando basada en el propio interés. El interés propio no es capaz de suscitar más que una devoción mesurada, cuya mejor expresión cabe definir en una palabra: tibieza.

    El mensaje de 1888 trajo a la luz una nueva y superior motivación: el vivo deseo de honrar y vindicar a Cristo, como ilustra el sentimiento de una novia hacia su prometido. Va más allá de sus propios deseos egoístas. La fe viene a ser una apreciación profunda y sincera del gran amor revelado en la cruz, independiente de nuestro anhelo de recompensa o temor al infierno. Trasciende a toda motivación centrada en el yo.

    Una tal “fe… obra por el amor”. No hay límite para las buenas obras, durante toda una vida y por la eternidad.

    6. Todavía más buenas nuevas. Todos nosotros estamos espiritualmente enfermos, y necesitados de un médico para nuestra alma. Jesús tuvo que someterse a una disciplina especial, a fin de cualificarse para ser nuestro gran sumo sacerdote (o psiquiatra divino):

  • Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte [la segunda] al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo, y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre… por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel Pontífice en lo que es para con Dios, para expiar los pecados del pueblo. Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados… Porque no tenemos un Pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. (Heb. 2:14-18; 4:15)
  • El término traducido “destruir”, significa “paralizar”. Cierto, Satanás no está muerto todavía, pero cuando creemos esas buenas nuevas, queda paralizado.

    7. Cristo en tanto que sumo sacerdote, vino tan cerca de nosotros, al tomar nuestra naturaleza humana, que conoce plenamente la fuerza de todas nuestras tentaciones. Resistió “hasta la sangre, combatiendo contra el pecado”. Sea cual fuere nuestra tentación, no importa lo bajo que hayamos caído en el pecado, por más terrible que parezca nuestra desesperación, por mucho que nos haya embargado el sentimiento de culpa, “puede también salvar eternamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos.” Está ocupado en el lugar santísimo del santuario celestial 24 horas al día, y no se duerme jamás (Heb. 12:4; 7:25).

    Es como si uno fuese el único paciente de ese médico, recibiendo atención plena durante todo el tiempo. ¡Imaginemos ser el único paciente de un hospital, contando con todo el equipo de médicos y enfermeras a nuestra entera disposición! Eso es lo que nos sucede en la unidad de cuidados intensivos de Cristo. Creamos lo maravillosas que son las buenas nuevas, y nuestra vida cambiará desde lo más profundo.

    Este capítulo es solamente una breve anticipación de las refrescantes buenas nuevas contenidas en ese “preciosísimo mensaje”. Le sugerimos comenzar con el libro ‘Introducción al mensaje de 1888’, para un examen más profundo del tema.

    E.J.Waggoner